Siberia y sus mujeres vistas a lomos del Transiberiano

- 06/09/19
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Este reportaje fue publicado en la revista Fashion & Arts Magazine, edición del 25 de agosto de 2019.

 

 

Siberia, otro curioso nombre de la libertad

Por Jorge Ferrer

 

El tren coge carrerilla y se empina por una suave colina. El desnivel tiene las curvas del célebre prado de Windows, pero la hierba que brota tras el crudo invierno está renegrida. Hay un bosquecillo de abedules y alerces al fondo. Un par de tocones en medio sugieren que algún esteta necesitado de leña enderezó el conjunto. Tal vez una marta cebellina, trajinada ya la noche, esté buscando abrigo y reposo entre los árboles. Es seguro que el maquinista estará saludando a la luz total de los amaneceres de Siberia que saca de la tierra un brillo áureo.

Viajo en el Transiberiano envuelto en el humo del té y el rumor del pasaje. No es este mi primer viaje a Siberia, pero sí es un viaje peculiar. Dediqué unos meses de 2018 a traducir la novela Zuleijá abre los ojos de Guzel Yájina, que publicó Acantilado. Es la historia de una mujer deportada en los años del estalinismo, que recorre media Rusia en un tren que la conduce al destierro en una colonia de trabajo. Allí, contra todo pronóstico, encontrará por fin la emancipación, descubriéndose a sí misma como amante y como madre, como una mujer dueña de su destino. Sí, sí, ya sé que rompe nuestros esquemas mentales concebir que alguien fuera a emanciparse en uno de los islotes del archipiélago Gulag; a encontrar la serenidad en medio del horror de la deportación, el hambre y la muerte; el valor, allá donde el cautiverio y las privaciones convertían a los seres humanos en guiñapos, marionetas movidas por la historia.

Mi viaje a Siberia transcurre sobre un caballo legendario —el Transiberiano— y entre dos puntos esenciales de su geografía: los montes Urales y el lago Baikal. La joven Zuleijá cruzó los Urales y llegó hasta el Angará, el único río que nace en el pozo del mundo. Mi viaje es en dirección opuesta. Vuelo a Irkutsk desde España y desde allí hacer el viaje en tren hasta los Urales. No viajaré al par que Zuleijá. Lo hago en dirección contraria y mirándole los ojos, escuchándola hablar por las voces de las mujeres de Siberia, voces de ayer y, sobre todo, voces de hoy.

Llego a Irkutsk la noche en que se celebra una velada poética. Me había citado con dos poetisas: Yekaterina Boyarskij y Svetlana Mijéyeva. Nos sentamos a hablar después. De las mujeres y Siberia. Boyarskij desmonta enseguida todos los clichés: «Siberia es un lugar de libertad y eso tiene una significación muy especial si eres mujer aquí… Es una tierra inmensa, vacía y acogedora, que se parece a Australia: los aborígenes y los deportados viven juntos. Basta alejarse 50 kilómetros de cualquier ciudad para comenzar a sentir esa libertad con una fuerza indescriptible».

Le apunto a Mijéyeva que en los Relatos de Kolymá de Varlam Shalámov no aparece una mujer hasta después de un centenar de páginas y la que asoma es tomada por una prostituta y acaba asesinada por celos. «Probablemente las mujeres sean aquí especiales», me dice: «Más fuertes, más sabias, más sosegadas. La geografía y la naturaleza las obligaron a ser así. Sin embargo, el feminismo es para nosotras un fenómeno ajeno», apunta.

Siberia y sus mujeres. No puedes juntarlas ignorando a las compañeras de los decembristas, los jóvenes que se levantaron contra el régimen zarista en 1825 y, vencidos, fueron condenados a la deportación en Siberia. La renuncia de aquellas mujeres a sus vidas cómodas en San Petersburgo para viajar junto a sus maridos a padecer el ostracismo y las penurias del destierro ha corrido de generación en generación como un ejemplo de lealtad, amor y entrega. «Esa renuncia no parece un ejemplo muy apropiado en la educación de las niñas de hoy», les digo a Liubov y Antonina, investigadoras de un museo que es una suerte de epicentro del cultivo de la memoria de los decembristas. Responden al reto con gesto resuelto: «Ellas no siguieron a sus maridos de forma sumisa. El Emperador las autorizó a divorciarse y comenzar una nueva vida y ellas eligieron. Dos se divorciaron. Del resto, algunas permanecieron con sus hijos en la capital y otras vinieron aquí a Siberia siguiendo a los hombres que amaban».

Con las decembristas y Zuleijá en mente, marcho a la mañana siguiente al lago Baikal. Quiero asomarme al nacimiento del Angará, el río donde la joven fue abandonada a merced del hambre, el frío y las fieras. Navegar por las aguas del Baikal de una transparencia inverosímil y pasear por sus orillas golpeadas por las suaves olas es una experiencia conmovedora, enaltecedora, única. Pero también allí bulle la vida moderna, la Rusia nueva junto a la Rusia de siempre. Una joven pareja de etnia buriatia se besa de pie junto al agua; una rubia que viste un chándal con incrustaciones de pedrería avanza tomando de la mano a un hombre tatuado como un Libro de horas, de estas últimas horas; unos chiquillos arrojan piedras planas al lago para verlas saltar una, dos, tres veces sobre el plato de agua.

Inspirado por la mística del lago, corro a la estación de ferrocarriles de Irkutsk a tomar el Transiberiano. A retomar el punto donde inicié este relato: la azafata Irina brindándome té, bollos y su historia. La de una mujer llegada a Siberia desde Kazajistán cuando la implosión de la URSS obligó a su familia a repatriarse. En un país con salarios escasos, un ejército de Irinas se ocupan de la vida en los coches del Transiberiano. Mujeres adustas y recias, que se buscan la vida para completar la paga exigua. Madres que no ven a sus hijos durante días, que viven alejadas de sus maridos y sus padres ancianos. En cada parada del Transiberiano se ve a este ejército de mujeres pulcramente uniformadas de pie ante las puerta de sus coches. También hay hombres, agentes de seguridad y maquinistas, pero unas y otros apenas se miran. Son soldados de una misma guerra pero con objetivos muy distintos. Los hombres parecen asegurarse de la estabilidad del marco; ellas lo llenan de contenido.

Es tarea difícil transmitir el delicioso hervor de la vida sobre el traqueteo de los trenes del Transiberiano al viajero acostumbrado a la velocidad del AVE y su silencio anestésico. El tiempo que no avanza y el tren que parece que tampoco. Afuera, todo son estampas que parecen salidas de Repin. Casitas y cobertizos; tierra quemada. Torres de alta tensión abriéndose camino a través del paisaje inmenso, conectando islotes de civilización unidos más por esos cables que por la inmensa geografía vacía, un plano enorme que nunca había con qué llenar, ni con minas, ni pozos de petróleo: ni siquiera con hombres y mujeres animados por un sueño, ese otro sueño que es la codicia, o reunidos por el horror totalitario de un Estado inclemente. Vida no hay apenas, sea humana o animal.

 

Bajo del tren en Novosibirsk, nel mezzo del cammin, porque me espera otra poeta. Yekaterina Guiléeva, una conversadora enérgica, me cuenta su lucha por preservar la memoria de Yanka Diaguileva, una cantante punk y estrella del underground siberiano, cuya casa el Ayuntamiento pretende echar abajo. Es una singular batalla por la memoria de las mujeres de Siberia la que se está librando allí, porque Yanka, a la que se ha comparado con Patti Smith, murió en 1991 en circunstancias que aún no han sido aclaradas y continúa siendo el emblema de una generación. Yekaterina me corrobora lo que ya anunciaron sus colegas de Irkutsk: «Siberia es un lugar excepcional, porque durante años aquí enviaban a todos los que incomodaban al poder. Y aquí se quedaban: capa a capa se fue acumulando lo mejor del país y eso aún se percibe en la cultura y la manera de ser».

 

Antes de seguir viaje, Nazar y Olesia, almas de Siberica y las dos personas que mejor enseñan en español este trozo del mundo, me llevan a comer a SibirSibir, un templo nuevo a la gastronomía siberiana. La mesa me sumió aún más hondo en mis cavilaciones sobre Siberia y sus mujeres. No sé si fueron los entremeses de pescado o los bollos rellenos de vísceras de liebre, pero cuando subí al Transiberiano para seguir viaje sentí un poso de angustia y un asomo de alegría, el chup chup de una creciente euforia. Le mandé un Whasap a una amiga en Moscú contándole mi estado: «Parece que ya comienzas a entender de qué se trata exactamente esto del alma rusa», respondió entre emoticonos con lágrimas de risa a chorros y bíceps contraídos.

La azafata asoma la cabeza por la puerta del compartimento, ofrece más té, la bebida laica de Siberia. La sagrada es el vodka, claro. Pienso en Zuleijá, la deportada por Stalin, en las mujeres de los decembristas que despreciaron la clemencia de Zar, en los cientos de miles de mujeres que han sufrido y sido felices en esta extensión de tierra, que han confrontado su suerte y forjado su destino en una Siberia que es campo de trabajo y campo a través, presidio y colmo de la libertad. Repaso uno a uno los libros de versos que me han regalado las dos Svetlanas y Yekaterina, sus voces distintas pero unidas por una misma tradición e idéntica verdad: la del paisaje sublime, la de una geografía indócil. Mujeres unidas por la convicción de que Siberia es libertad, la que cada cual se procura. Afuera, mientras bufa la locomotora y corren los carros, los montes Urales ya se anuncian en la brisa suave que baja por sus laderas.

Iberrusia Travel, en Barcelona, y Siberica, en Novosibirsk, dos agencias especializadas en viajes a Rusia y Siberia colaboraron con la organización de este viaje. También la línea aérea S7 Siberian Airlines.

 

De contra:

En la Fundación Yeltsin, Yekaterimburgo, montes Urales.

© Todas las fotos son del autor y no pueden ser utilizadas sin autorización.

 

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Andrei Filimonov: una entrevista sobre literatura y política en Rusia

- 26/10/18
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Esta entrevista que hice a Andrei Filimonov apareció publicada en Hypermedia Magazine el 24/10/2018. La reproduzco aquí para archivo.

El original en este enlace

 

Entrevista

 

“Los siberianos son gente que perdió el billete de vuelta y se quedó allá para siempre”

Por Jorge Ferrer

 

Andrei Filimonov (1969), novelista, poeta, periodista, es un tipo tan normal que no le hace caso al éxito deslumbrante de sus dos últimos libros: El renacuajo y los santos y Recetas para la creación del mundo. Nacido en Tomsk, en cuya universidad se graduó de filosofía, Andrei lo mismo bucea en el habla vernácula de Siberia —ese mito, ese mundo, esa maldición—, que se lanza, en su última novela, a narrar una saga familiar que atraviesa el siglo XX. No iba a privarme de charlar con él cuando supe que venía por primera vez a Barcelona. Hablamos largo y mucho. Aquí va la cosa acotada, destilada. Samogón se llama en ruso al aguardiente de alambique, al destilado más autónomo. ¡Aquí unos shots!

Me costará convencer a los lectores de Hypermedia Magazine de que esta entrevista con un escritor de Tomsk, en el corazón de Siberia, no será una experiencia fría. ¡Machaquemos el cliché enseguida! ¿Cómo son, en verdad, los siberianos?

Mi abuela nació cerca de Moscú y mi abuelo en Odesa, en la costa del mar Negro. ¿Qué se les perdió en Siberia, donde vivieron cincuenta años? Hasta su muerte, mi abuela no dejó nunca de repetir: “aquí en Siberia todo es distinto a como es en Rusia”. Cuando yo era un niño, me sorprendía mucho esa contraposición y no me percibía como un siberiano. Me parecía que la Unión Soviética era un único país, sin distinciones. Pero mi abuela sí que percibía las diferencias. Decía: “aquí en Siberia no saben guisar, se la pasan comiendo pelmeni todo el tiempo y no conocen más sazón que la sal y la pimienta”. O decía: “aquí en Siberia la gente no sabe hablar”.

Más adelante, cuando crecí, me tocó preguntarme quiénes eran los siberianos en verdad. Y no encontré una respuesta convincente. De manera que acudí a los libros de viaje, a los diarios y las cartas de los deportados a Siberia en tiempos del zar o del poder soviético, y comprendí entonces que desde su punto de vista los siberianos sí que somos singulares. Por ejemplo, los siberianos nunca han sido gente muy religiosa y a la iglesia siempre han ido poco. En cambio, eran muy amigos de las peleas callejeras a puñetazos los domingos, cuando los vecinos de dos calles distintas se enfrentaban cara a cara y boxeaban hasta que se les agotaban las fuerzas. En un diario de Siberia, encontré un suelto publicado en el siglo XIX que decía: “Esta semana ha habido puñetazos en Tomsk, como es habitual: se han pegado en la calle, se han pegado en las casas, se han pegado en los billares y se han pegado en los bares…”.

También merece destacarse el conservadurismo gastronómico de los siberianos: no les gusta llevarse alimentos extraños a la boca. Yo mismo, siendo un niño, rechazaba plátanos, piñas y demás manjares exóticos. Esa sencillez en el paladar es la que probablemente conduce a la simpleza con que abordan la vida, una vida que desconoce los matices tanto como la cocina siberiana desconoce las especias.

He ahí el por qué los personajes de mi primera novela, El renacuajo y los santos, vecinos de una aldea situada en los confines del mundo, hablan una lengua sencilla, pero rica y pródiga en imágenes, a la vez que tienen fe en los milagros, mientras se resisten bastante a creer que exista un mundo más allá de los límites de su aldea.

Andrei Filimonov (1969), novelista, poeta, periodista, es un tipo tan normal que no le hace caso al éxito deslumbrante de sus dos últimos libros: El renacuajo y los santos y Recetas para la creación del mundo.

Los siberianos no existen en realidad. Lo que hay es gente que perdió el billete de vuelta y se quedó en Siberia para siempre. Así son los siberianos, por describirlos en pocas palabras.

Alguna vez dijiste que todos los escritores que te interesaban en la infancia acababan publicados en el samizdat, el sistema alternativo de publicación de textos prohibidos por la censura soviética que circulaban de mano en mano. Eso hace pensar que tu gusto y el de los censores transcurrían por vías paralelas. ¿Cómo fue, Andrei, el camino que condujo al niño que fuiste, un niño crecido en una ciudad provincial de Siberia, a la creación literaria?

De joven, soñaba con ser solista de un grupo de rock. No sabía tocar ningún instrumento musical, pero suponía que eso no era un obstáculo. Porque pensaba que lo más importante eran los versos. Y me puse a escribir las letras de las canciones que tocaría un grupo de rock que solo existía en mi imaginación. Después, poco a poco, me fui encontrando con otros poetas y comprendí que leer versos delante del público no es en modo alguno diferente que cantarlos en un concierto de rock.

Mucho más tarde, desde Siberia, creaste el festival itinerante de poesía PliasNigde, cuyo nombre reúne la palabra francesa place, “lugar”, y la rusa нигде, “en ningún lugar”.

Un festival magnífico, sí, que se materializa de repente en una u otra ciudad y después, con la misma velocidad, se esfuma. En los últimos siete años PliasNigde se ha materializado en San Petersburgo y París, en Frankfurt y Berlín.

Has trabajado como periodista en un canal local de Tomsk. ¿Qué temas te interesaba tratar más? Por cierto, resulta bastante evidente que ese trato frecuente con la gente sencilla que habita la periferia de un antiguo imperio es la base sobre la que se yergue tu primera novela: El renacuajo y los santos.

Cuando trabajaba como reportero, me gustaba salir a hacer trabajo de campo, alejarme lo más posible de la civilización, ir allá donde acaban los caminos. En una ocasión, me fui en pleno invierno a una aldea habitada por los selkupí, que son una tribu aborigen que lleva viviendo en Siberia desde antes de la llegada de los rusos. Gente que vive de la pesca, se abriga con pieles de enormes lucios y todavía hoy se ufana de su independencia. Antes de emprender viaje, llamé por teléfono al principal de la aldea. Y me dijo: “¡Muy bien! Limpiaremos el camino cuando venga llegando”. En los inviernos de Siberia, si no limpias un camino, la nieve lo hace impracticable en dos o tres días. Y los aborígenes se aprovechan de ello para librarse de visitantes indeseados. Pero a mí me dejaron entrar y pasé una semana en una suerte de isla descolgada de la civilización. Es por momentos como esos que vale la pena dedicarse al periodismo.

Un día se produjo el momento crucial en que decides abandonar la práctica del periodismo y dedicarte a escribir novelas. Algo que no sucedió sin la participación de Putin, porque al canal de televisión donde trabajabas le retiraron la licencia y dejó de emitir. Por cierto, ¿qué tal vive un periodista en la Rusia de Putin?

Los periodistas en Rusia se pegan una vida padre. Sobre todo, los que trabajan para el canal Russia Today, RT, y cuentan lo estupendamente que se vive bajo Putin. Los demás periodistas, los que no se conforman con ese retrato de la realidad, todavía están en libertad. Y, en ocasiones, hasta consiguen encontrar trabajo, aunque lo desempeñen en calidad de “agentes enemigos”. Yo mismo, por ejemplo, colaboro con Radio Svoboda (servicio en lengua rusa de Radio Free Europe/Radio Liberty), considerada oficialmente un agente enemigo. Radio Svoboda tiene el proyecto Sibir-Realii para el que escribo. A los lectores de ese portal les interesa sobre todo el tema de la represión estalinista. Y como sabes, todos los represaliados acababan dando con sus huesos en Siberia. Por eso escribimos constantemente sobre el Gulag, el destierro y la deportación de pueblos enteros en los años de poder soviético.

“En la Unión Soviética no había órgano más importante que el hígado. Costaba horrores soportar la realidad circundante. Una realidad que solo tenía dos colores: el gris y el rojo”.

En los años treinta, en Siberia ocurrieron cosas increíbles. La URSS estableció los pasaportes en 1931. Y a partir de entonces la policía política comenzó a dar caza en las calles a gente que carecía de documentación y la deportaba a Siberia. Toda esa gente fue llevada a una isla en medio del río Ob y dejada allí a su suerte. No tenían qué comer, ni techo que los guareciera. Vagaban por la isla en busca de comida hasta que los más desesperados comenzaron a practicar el canibalismo. De las seis mil personas desembarcadas en la isla, apenas sobrevivieron unas dos mil. Y ese es solo uno de los múltiples ejemplos de los crímenes del régimen de Stalin.

En tu último libro, Recetas para la creación del mundo, escribes: “Pero yo no juzgo a nadie. Y no recomiendo a otros que lo hagan. ¡Prueben ustedes a nacer bajo Lenin, sobrevivir a Stalin y envejecer al son de los mugidos de Ilích-2! No le podemos exigir a toda una generación que se comportara como lo hizo el académico Sajarov”. ¿Cuál es tu visión del pasado soviético? Conoces lo que dijo Putin respecto a ese período de la historia de Rusia: “Quien no lamente la disolución de la URSS carece de corazón, pero quien pretenda restablecerla tal como era, lo que no tiene es seso”. Tú, Andrei, ¿cómo tienes los órganos?

En la Unión Soviética no había órgano más importante que el hígado, porque los soviéticos estaban obligados a beber mucho. Porque de lo contrario, estando sobrios, costaba horrores soportar la realidad circundante. Una realidad que solo tenía dos colores: el gris y el rojo. Edificios grises, gente vestida con ropas de color gris, el gris asfalto bajo los pies. Y todo ese paisaje salpicado por todos lados de pancartas rojas. Casi no había edificio de cuyos muros no colgara una pancarta con alguna frase de Lenin o Brezhnev. Imagínate ese panorama y también tú querrás ponerte a beber vodka hasta perder la consciencia.

Uno de los mejores libros rusos del siglo XX lo escribió Venedikt Yeroféyev y se titula Moscú-Petushki. Cuenta la historia de un hombre que despertó en Moscú con una resaca tremenda en el vestíbulo de una casa que no era la suya, y encaminó sus pasos a la estación de ferrocarril para visitar a su amada en el pequeño poblado de Petushki, a apenas hora y media de viaje en tren suburbano. Pero el protagonista de la historia consume tanto alcohol durante el trayecto que su viaje adquiere una dimensión épica, como el regreso de Odiseo a Ítaca. Evidentemente, Moscú-Petushki fue prohibido por la censura soviética, como tantos otros libros que ofrecían un retrato veraz de la vida cotidiana en la URSS.

Después de algunos años de “literatura de la perestroika”, últimamente se aprecia en la literatura rusa un enfoque distinto del pasado, un enfoque más sofisticado y más fructífero en términos de creación literaria. El convento, de Zajar Prilepin, o Zuleija abre los ojos, de Guzel Yájina, son dos buenos ejemplos de ello. Por otro lado, vemos en Rusia la restauración de monumentos a Stalin o cómo suben los índices de percepción de la personalidad de Stalin y el estalinismo, gestos que apuntan a una peligrosa desmemoria. Francamente, el hombre postsoviético me horroriza a veces…

El hombre postsoviético que habita la Rusia de hoy tuvo que sobrevivir al trauma de la demolición del mundo que conocía. Con la perestroika y después, tras la disolución de la URSS, aparecieron muchos libros, artículos de prensa y películas que describían la realidad soviética como una suerte de pesadilla total controlada por el KGB. Lo que los medios de comunicación estaban diciéndole a toda esa gente era que habían vivido su vida por gusto. Les dijeron que todo aquello en lo que habían creído era mentira. Y hubo mucha gente que se negó a aceptar ese retrato del pasado. Probablemente, eso explique la popularidad de Putin, que fue capaz de devolverles el mito de un gran país.

Con su Make America Great Again, Trump no hace más que repetir la retórica propagandística que usa Putin. Lo cierto es que la gente no está cómoda con la realidad y se siente agradecida a quien le cuenta un cuento de hadas geopolítico sobre una gran potencia, un poderoso imperio que domina la tierra, el cielo y el cosmos.

Tanto El renacuajo y los santos como Recetas para la creación del mundo han concitado el interés de la crítica e integrado las short-lists de prestigiosos premios literarios. ¿A qué huele el éxito, Andrei?

Pues no sé qué responder a eso, la verdad. Hay un montón de desconocidos que de repente te elogian o te riñen, te llaman genio o te tildan de psicópata. Es fácil ceder a las emociones que todo ello provoca, de manera que huyo de ellas: no leo las reseñas de los críticos, porque tanto las elogiosas como las derogatorias inflan el ego del escritor. Y mientras más grande es ese ego, más duro resulta escribir.

De contra:

En la fotografía, tomada en el restaurante Rilke en agosto de 2018, Andrei Filimonov y Jorge Ferrer

 

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Siberia y el Baikal: Noticias del pozo del mundo

- 10/02/17
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Revista Osaca Reportaje Siberia Baikal

Reportaje aparecido en la revista OSACA, Número 360, Enero de 2017

Noticias del pozo del mundo

Por Jorge Ferrer

 

Es una extensión inconcebible de agua. Forma parte del capítulo de accidentes geográficos increíbles, de las maravillas naturales del mundo, de los espectáculos de la naturaleza que, una vez vistos, no olvidarás jamás. Nada te prepara para enfrentarte al lago Baikal. A su antigüedad de veinticinco millones de años. Y lo que más te confunde es la propia denominación de lago, desbordada enseguida por esa masa de agua a la que te asomas: un mar de agua dulce. Cuando navegas sobre el Baikal, te sobrecoge la idea de que estás flotando sobre más de un kilómetro de agua que beber. Concretamente, el 20% del agua potable no congelada del planeta. El Baikal es un inmenso brazo de agua que se extiende en vertical por la Siberia oriental a lo largo de 636 km de largo y una anchura máxima de 79 km. En total son 2.100 km de costa repartidos, casi a partes iguales, entre dos regiones de la Federación rusa: la región de Irkutsk y la República de Buriatia. La mayoría de los viajeros que se acercan al Baikal lo hacen por su lado occidental, viajando a Irkutsk. Muchos aprovechan el ferrocarril Transiberiano, toda una leyenda. Pero hacerlo por la parte de levante resulta una aventura extraordinaria, porque la región de Buriatia es, además, uno de los centros espirituales del budismo en Rusia y patria involuntaria de los viejos creyentes, la secta deportada a Siberia tras el cisma que padeció la iglesia rusa en el siglo XVII. Visitar a unos y otros constituye una excelente gimnasia espiritual que prepara muy bien para el encuentro con el Baikal, esa suerte de pozo del mundo.

 

El viaje

De Madrid o Barcelona se vuela a Ulán-Udé a través de Moscú. Aeroflot, la principal aerolínea rusa, ofrece numerosos vuelos entre España y la capital rusa. Es viaje largo –algo más de diez horas en dos tramos– que nos situará a una distancia mayor que si nos hubiéramos ido al Caribe, por ejemplo. Habremos cruzado el mismo número de husos horarios, seis, aunque en dirección opuesta. Por eso es buena idea hacer noche en Moscú. Una visita a la Plaza roja y al Kremlin resulta un espléndido aperitivo antes de seguir viaje a Siberia.

El aeropuerto de Ulán-Udé, capital de la República de Buriatia, parece sacado de una película de espías de los setenta. Otrora una etapa significativa en las rutas de la seda y del té, los lugareños se vanaglorian todavía del número de millonarios que acogía la comarca durante ciertas décadas del s. XIX. No obstante, quedan pocas huellas de esas glorias de antaño en una ciudad cuya plaza central está ocupada por una cabezota de Lenin que con sus siete metros de altura tiene asiento en el Libro Guinness de los récords. Detrás de ella se sitúa el edificio que alberga el ayuntamiento de la ciudad y el gobierno de la República de Buriatia. El parlamento regional ocupa otro bloque a la derecha y entre ambos, separándolos o uniéndolos, según se mire, el inmenso edificio que acogió la sede local del KGB en tiempos soviéticos. Las ciudades de provincias son transparentes como las aguas de los 336 afluentes que alimentan el Baikal.

Dmitri Frolov, guía oficial de Ulán-Udé, un tipo nervioso y tierno que pone su corazón en la descripción de la ciudad que adora, carga con un bolso que parece contener todo el pasado de la urbe, sus edificios y sus leyendas, en viejas fotografías. Cuenta, por ejemplo, que cuando se construyó el Teatro de la ópera, el único de su tipo en esas latitudes, pintaron un retrato de Stalin en el techo. Corrían entonces los años de posguerra y el Amo, como llamaban a Stalin sus subalternos, era tenido por salvador de la Patria. Pero pronto llegaron las denuncias de los horrores del estalinismo, de los que tanto se sabía en Siberia, y el retrato fue ocultado debajo de una capa de pintura. No obstante,  dicen que todavía hoy quienes asisten a la ópera descubren el rostro de Stalin escrutando la platea, si se dan ciertas condiciones de iluminación en la sala.

Ulán-Udé, con su discreto encanto provinciano, su calle peatonal llena de paseantes que aprovechan los primeros días del otoño, su simpático monumento de Chéjov, a quien tenían allá por un excéntrico, su inevitable hombre del acordeón que entretiene a los forasteros con música alegre y maneras sobreactuadas a cambio de unas monedas, resulta un magnífico trampolín desde el que proyectarse a los paisajes extraordinarios de Buriatia, en los confines de Rusia.

 

El Datsán de Ivolguinsk

A apenas 40 km de Ulán-Udé, en el fondo de un hermoso valle rodeado de montañas, se encuentra el Datsán de Ivolguinsk, el más importante del centenar de monasterios budistas con que cuenta Rusia, su centro espiritual. El budismo llegó al imperio ruso desde el Tíbet, a través de Mongolia, en el s. XVII. Inicialmente tolerado en la Rusia zarista, y hasta favorecido por el zar Nicolás II, quien invitó al Hambo Lama a la celebración del tricentenario de la dinastía de los Romanov en 1913, la práctica del budismo fue perseguida durante los años soviéticos y ha vivido un saludable resurgimiento en la Rusia poscomunista. Ello es perfectamente apreciable en el magnífico estado de los templos y el creciente número de peregrinos que visitan los lugares sagrados. Actualmente, el número de creyentes budistas en Rusia se calcula en unos 200.000.

Levantado en 1945 por lamas que sobrevivieron al Gulag, el Datsán de Ivolguinsk es un impresionante conjunto arquitectónico que reúne diversos templos, la universidad budista, edificios para el alojamiento de alumnos y profesores, un anfiteatro, un museo de arte buriatio y una biblioteca. Traspasadas las puertas del complejo, el visitante es invitado a rodearlo avanzando por la izquierda, como manda la tradición, haciendo rodar los molinos de oración que contienen el mantra Om mane padme un, el mismo que se puede leer en las colinas a lo largo de la carretera que conduce a Ivolguinsk. Deambular por el monasterio, cruzándose a cada paso con las figuras esbeltas y silenciosas de los monjes absortos en sus faenas, entregarse a la serena monotonía del lugar, genera esa suerte de paz interior que solo se alcanza en los lugares santos.

El Datsán de Ivolguinsk es un lugar de peregrinaje al encuentro del Hambo Lama Itiguilov, una influyente figura del budismo ruso en el primer cuarto del siglo XX. Enterrado en 1927, el cuerpo de Itiguilov fue exhumado tres veces, la última en 2002. El estado de conservación de su cuerpo, que no fue sometido a proceso de momificación alguno, sorprende a los científicos forenses y admira a los fieles que viajan a verlo desde todo el mundo. Sentado en la posición de loto dentro de una urna de cristal y carpintería de aluminio ubicada en el templo principal del conjunto, Itiguilov produce una impresión a la vez incómoda y sublime. El aserto de los creyentes de que se trata del único hombre que ha superado la muerte y que, por lo tanto, lo vemos aún vivo, en estado de nirvana, genera un intenso desasosiego. Al visitante se lo anima a pedirle lo que se le antoje, en cualquier idioma y sea cual sea su credo. Yo pedí algo que no revelaré aquí por su carácter íntimo. Un zumbido del teléfono me avisó de la llegada de un mensaje en el instante mismo en que le hablaba al santo. Al salir del templo, tenía el aviso de un descuento en la óptica que frecuento, que no es un mal asunto para empezar.

 

Los viejos creyentes

Siberia es en nuestro imaginario sinónimo de deportación y exilio. ¡No nos lo hemos inventado! Durante siglos, zares y chekistas enviaron allá a padecer el crudo clima de Siberia, la terrible soledad de Siberia, a millones de disconformes y disidentes. Buena parte de los decembristas, el grupo de jóvenes militares salidos de la aristocracia que se levantaron contra Nicolás I en 1825, fueron a dar con sus huesos a Buriatia, donde se los reverencia. La entrega que mostraron sus esposas, acompañándolos, mientras dejaban atrás las mieles de San Petersburgo, es tenida en Rusia como ejemplo de amor sublime y ha sido cantada por sus poetas.

Antes aún, Siberia fue incómodo puerto de destino para los viejos creyentes, que es como se conoce a quienes rechazaron la reforma eclesiástica promovida por el Patriarca Nikón y abandonaron la iglesia ortodoxa rusa en 1666. Gentes de una rara autenticidad, los raskólniki, como también se les llama, han cultivado la fe y las costumbres de sus ancestros, acarreándolas de generación en generación, hasta hoy. En Tarbagatai, un pueblo ubicado a cincuenta kilómetros de Ulán-Udé, se puede visitar una iglesia de esa congregación donde el padre Serguii o su corpulento ayudante narran con notas no exentas de humor la trágica historia de los viejos creyentes y explican sus costumbres ayudados por un museo que el propio Serguii se ha ocupado de reunir a lo largo de los años. El orgullo de haber perseverado en la fe  de los antiguos, de haberle ganado sendas batallas al zarismo y al régimen soviético, convierten en una historia de éxito lo que uno habría percibido como un relato de horror y desesperación.

Saciada la curiosidad del visitante, pero abierto su apetito, a unos pocos kilómetros espera la aldea Desiátnikovo, que forma parte de la red «Los pueblos más bonitos de Rusia», entidad asociada a otra red de escala mundial a la que también está integrada España. Allí unas divertidas ancianas sirven comidas tradicionales y, tras los postres y la copita de aguardiente, ofrecen un espectáculo musical que concluye con la escenificación de una boda según el rito conservado a lo largo de los siglos. Por cierto, aviso que la ceremonia incluye negociar jocosamente el precio de la dote y pagarlo en rublos contantes y sonantes. Y doy fe de que no permiten escurrir el bulto al novio elegido para la representación.

 

Jorge Ferrer Baikal Siberia Rusia

 

El Baikal

Zandra Zandaguiev, el ministro de economía de Buriatia, es un hombre de hablar pausado, pero firme, que más parece un académico que un político. El desarrollo del turismo en la costa del Baikal se ha convertido en una prioridad del gobierno ruso y el ministro regional habla con entusiasmo de inversiones y hoteles. También de la preservación del entorno natural del lago, cuyo complejo equilibrio ecológico se ha visto amenazado en ocasiones. En el lado buriatio, el gobierno ruso estableció cinco zonas económicas especiales que cuentan con una millonaria inversión del presupuesto federal. Una de ellas, El puerto del Baikal, a poco más de un centenar de kilómetros de Ulán-Udé, ya permite apreciar el resultado de la inversión: potente infraestructura, un paseo marítimo, una marina y un faro. Ahora se trabaja con inversores privados para la construcción de sendos hoteles y chalés de dos clases, una de ellas de gran lujo.

Ese es el futuro del turismo en el Baikal buriatio. Pero el presente ya cuenta centenares de miles de visitantes que se alojan en establecimientos diversos, incluidas casas particulares que se han sumado a la oferta. En todos, reina la célebre hospitalidad rusa, más generosa aún en la remota Siberia, donde la llegada de un viajero fue siempre una fiesta. Tradicionalmente, los meses de verano, de junio a agosto, han congregado la mayor cantidad de visitantes y el funcionamiento óptimo de toda la oferta de ocio: festivales, viajes en barco por el lago, práctica de la pesca deportiva, observación de animales (aves, focas, osos) y los baños de mar en algunas playas donde la temperatura del agua alcanza los 25 grados y la arena es tan fina y blanca como en una playa de California. Pero el encanto invernal del lago, el extraordinario paisaje de su superficie helada, concita cada vez mayor entusiasmo entre amantes de actividades deportivas de riesgo o, simplemente, de experiencias deportivas singulares. Cobra cada vez mayor celebridad el Maratón de hielo del Baikal, cuya próxima edición tendrá lugar el 7 de marzo de 2017, y donde ya se han visto corredores españoles.

Un buen destino es el complejo Baikálskaya Riviera, tal vez el mejor alojamiento en esa parte del lago, una serie de chalés de olorosa madera de pino, habilitados con todas las comodidades, incluida una sauna rusa tradicional. Su directora, la encantadora Marina Zapolskaya, siberiana de pura cepa, es una enciclopedia de las costumbres de la región y el Baikal, su peculiar fauna conformada por un 80% de especies endémicas. Marina habla con ardor de la mística que rodea al lago, de la manera en que le cambia la vida a todo el que se entrega a su embrujo. Es habitual terminar las noches en el complejo, ubicado junto al lago, en torno a una hoguera donde se asa en espetones el ómul, un salmónido que constituye el eje vertebral de la gastronomía del lugar, y se escucha ulular el viento, tal vez el temido barguzín, mientras alguien rasga las cuerdas de una guitarra.

Siberia es un espacio inmenso donde conviven, como en un planeta distinto, como en una luna a la que nos diéramos un salto en avión, una naturaleza absolutamente impresionante, una historia que junta el dolor de los deportados con el afán de los buscadores de oro, la perseverancia en la fe de los antiguos que muestran los viejos creyentes y los budistas con la realidad cotidiana de gente hospitalaria, entrañable. Y el Baikal. Ese alucinante pozo del mundo.

 

 

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