¡Tremendo! [1]
Los kamikazes nos amenazan con sus calzoncillos bomba y en Washington deciden que hay que cachear a los cubiches que se suben a los aviones. Los toman, nos toman, por terroristas suicidas, por tipos capaces de inmolarnos por una causa.

Decididamente, ni en Washington ni en Langley saben de qué materia estamos hechos. ¡Qué despiste, mamita! ¿Inmolarnos los cubanos? ¿Explotarnos? Más: ¿explotarnos los huevos? ¡Por Dios!
Medio siglo de dictadura y hemos protestado tan poco que ni se ha arañado la raspadura. En la década de los Cincuenta, en cualquier día de esa década, en cualquier sábado patrocinado por Hatuey o Jabón Candado, probablemente se protestó más que en años enteros del último medio siglo.
Y aun así ahora se los va a cachear, a los cubanos con pasaporte expedido en La Habana o en Holguín, y alargar las colas para avanzar por los fingers.
Uno creyó que se había librado de ellos y de sus quién-es-el-último y ahora los van a tratar como a yemenitas o paquistaníes. Como a mártires.
No son mártires, no. No lo somos. ¿O acaso no es evidente?