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De espías cubanos, décadas y básculas…

El primer problema que plantea la década que comienza a quienes se ocupan de la relación entre Cuba y los EE.UU. no pasa por el embargo, ni por la situación de derechos humanos en la isla, ni el control de fronteras ―aún cuando de ello hemos estado hablando esta semana―, ni la colaboración en el control del narcotráfico, el tráfico de personas o el seguimiento de huracanes. Ni siquiera pasa por el destino de los bolsones de crudo que podrían alojarse en las aguas territoriales cubanas.

Nada de eso, porque a partir de las declaraciones de Ricardo Alarcón hoy [1], esta década da comienzo con un problema de peso. De peso, en el sentido de magnitud mensurable.

Ninguna década de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos había comenzado en términos más burdos. Ni estériles.

Si, muy esquemáticamente, podemos decir que la década del ’60 dio comienzo con la incertidumbre sobre una invasión norteamericana a Cuba, el alineamiento geoestratégico de Castro con los rusos y la consiguiente amenaza a los EE.UU.; la del ’70 con una Cuba con mecanismos económicos y represivos bien engrasados y los EE.UU. atascados en Vietnam ; la del ’80 con el Mariel, desafío político a ambos gobiernos, y la presidencia de Ronald Reagan; la del ’90 con la Cuba que se hundía en la miseria al perder los subsidios rusos y la consiguiente impresión del «ya viene llegando» y la primera del milenio con la evidencia de la supervivencia del régimen y el paisaje de inercia que ello abrió; ésta que da inicio ahora, la segunda década del milenio, comienza en una farmacia o, si lo prefieren, en una bodega o un cuarto de baño.

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Porque la cuestión que la inaugura no es otra que establecer si el peso de un «espía» norteamericano apresado en Cuba equivale al peso de cinco espías cubanos presos en EE.UU. Comienza, pues, con el arte de la política convertido en báscula.

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