«¡Calentamiento global y una polla, tío!», le decía hace unos minutos un muchacho a otro en la calle. En Escorial, esquina a Sant Lluis, para ser más preciso.
Lo rotundo y gracioso de la expresión, escuchada mientras yo también me congelaba de vuelta a casa, me hizo sonreír.

Ajeno al debate científico en torno a la cuestión, sin haber leído a un Bjorn Lomborg en su vida, ni haberse entretenido con el oscarizado documental de Al Gore, el muchacho protestaba a partir de la mera, y momentánea, experiencia. Hoy hace frío y punto. Esgrimió una navaja de Ockham mal afilada, y ¡zas!
La manera en que la natural preocupación por el destino físico del planeta se ha ido convirtiendo en una suerte de religión provoca esos efectos. El aire apocalíptico, la vena catastrofista del fin-del-mundismo o el fanatismo que muestran algunos conducen a mucha gente más o menos racional a negar que la temperatura del planeta tenderá a subir. Convertidos en furibundos y sincrónicos empiristas, les basta una efímera ola de frío para sostener que el CO2 es inocuo.
La ideologización del asunto, la ventajista manera en que se lo trata desde el llamado Sur y, last but not least, la estigmatización de quienes intentan introducir cordura en el templo de los conversos al Apocalipsis «científico» multiplican el efecto.
La imbécil posición que corre desde hace al menos dos años promoviendo se equipare a quienes niegan el calentamiento global con quienes niegan el Holocausto es la guinda en el pastel de esos apocalípticos que nos quieren a todos integrados. Porque ello significa equiparar a quienes discuten algunas hipótesis de la nueva religión y quienes niegan hechos ya acaecidos.
Conviene sobrellevar estos fríos pegados a la estufa, como conviene enfrentar cualquier fanatismo de viejo o nuevo cuño afilando la navaja de Ockham y bañándola en «luz brillante» quien la tenga oxidada. Presta para cortar limpiamente la mantequilla que venden los fin-del-mundistas.
Pero conscientes de que lo que huele a mantequilla y sabe a mantequilla, tiene todas las trazas de acabar untado en una rebanada de pan.