Veía hace unos minutos con emoción ―no me duelen prendas en reconocerlo― la comparecencia conjunta de Eduardo Frei, derrotado, y Sebastián Piñera, ya presidente electo de Chile.
La cortesía ―la courtoisie― esa forma sublime de la democracia como teatro en el que todos somos protagonistas, cuando lo somos, porque ella es. Esas tablas donde nadie espera a Godot, porque ya votó. ¡Qué vuelva dentro de cuatro años con el carné de identidad ese ciudadano!
La mancha del pinochetismo hace olvidar a muchos que Chile es uno de los países de mayor tradición democrática de Sudamérica. Lo fue, con escasas y breves excepciones, hasta el golpe del ’73; lo volvió a ser con Patricio Aylwin tras el plebiscito en 1990.
Después de décadas de sinrazón, de muerte y tras feliz episodio de cordura, Latinoamérica lleva unos pocos años jugando a la perversión del péndulo. Ese Chávez, ese Ortega, ese payaso de Zelaya sentado ante flat screen que sintoniza Telesur en la embajada de Brasil en Tegucigalpa. (Sigue allí todavía, sí.)
Chile, esta noche, nos ha mostrado que otro mundo es posible. El de una Latinoamérica madura, responsable, cordial, eficaz. Donde las transiciones se dan como en Cuba el marabú. Y todos tan tranquilos.
De contra:
Ah, Cuba… ¿Pa’ qué la mencioné?
Bueno, esa isla es otra cosa. Cuba es país donde hay dictadura por casi sesenta años y algunos de cuyos ciudadanos se permiten llamar a la América Latina «Letrinoamérica» y a los latinoamericanos «tiraflechas».
¡Hay que ver!