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Otro Mesías: éramos pocos y parió Catana…

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Mehmet Ali Agca, aquel que le descerrajó varios tiros al polaco Juan Pablo II, salió hoy en libertad y distribuyó una proclama [1] donde se dice Cristo redivivo y asegura que todos pereceremos en el siglo que corre. Asegura que las Escrituras están plagadas de errores y que pronto nos hará llegar un prontuario más preciso que el que recoge las andanzas del hijo del carpintero de Belén.

Uno donde nos contará que esto se acaba, vaya. Que llegó el-fin-del-mundo. Que ñámpiti pa’to’el’mundo.

Agca se define como el Mesías definitivo y nos va a vender su Apocalipsis. No hay que ser muy imaginativo para adivinar los mimbres de su prédica: un poco de calentamiento global, una pizca de choque de civilizaciones, un mucho de lo malos que somos los occidentales ―¡qué asco de gente somos, tú!, nos dirá con aval wojtilesco―, y va y hasta cuela el terremoto de Haití, si el libro sale de las prensas antes de que lo hagan los haitianos.

Agca tiene todo lo que hace falta para convertirse en el primer personaje literario de este siglo, sea o no el último en el que los bípedos nos paseamos por las aceras del mundo. Musulmán y converso; agente ocasional de servicios secretos comunistas durante la Guerra fría y preso político; perdonado por un Papa de Roma al que quiso matar y antiguo miembro de una secta violenta, los Lobos grises ―hace años un miembro turco-azerí de esa misma secta me amenazó de muerte y parecía tan dispuesto a que yo amaneciera con hormigas en la boca que tuve que esconderme unas semanas, pero ésa es otra historia.

Ahora, con Agca, éramos pocos y parió Catana. Tengo para mí que nos vamos a divertir con este imbécil que sale de la cárcel para echarnos en cara nuestra bobería. Ha tenido tiempo para calibrarla, y reírla. Ahora se reirá desde los periódicos.

El último Mesías con ínfulas que nos dio Turquía fue el malogrado Shabbetai Zví. Mi Mesías de cabecera. El Mesías díscolo que eyaculaba sobre los rollos de la Torá, se convirtió al Islam para ganar el título de Guardián de las Puertas y predicaba que sólo nos redimirá el pecado. ¡A pecar, que son dos días! Murió desterrado en Albania, no muy lejos de donde unos siglos más tarde nacería la Madre Teresa de Calcuta, aquella monjita que tuvo la mala suerte de morirse en los mismos días que Lady Diana, deliciosa superstición posmoderna. Posburguesa, más bien.

¡Divirtámonos con Agca, señoras, caballeros!

A fin de cuentas, si el mundo se va a acabar, por qué no pasar un buen rato riéndonos de nosotros mismos.

Y si no se va a acabar, lo mismo.

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