Hoy se celebra en todo el mundo ―es un decir―, el Día Internacional de la Memoria de las Víctimas del Holocausto. Se instituyó precisamente la fecha de hoy, porque fue el 27 de enero de 1945 que los soldados soviéticos llegaron a las lindes del campo de Auschwitz.
Esto fue lo que encontraron, aproximadamente:
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De los muchos testimonios de recluidos en los campos que guarda mi biblioteca y que releo una y otra vez ―Jean Améry, Primo Levi, Margarite Buber-Neumann, Imre Kertész, Jorge Semprún, Roman Frister…―, hay unas páginas de La gorra o el precio de la vida [1], del último, que suelo referir cuando alguien me pregunta por la maquinaria de deshumanización de los campos, expuesta magistralmente por Giorgio Agamben [2] en Homo Sacer, ese catálogo profundo, sagaz y terrible de la «vida nuda».
Se trata del relato que hace Frister de las visitas a su padre en la enfermería del campo de Majowka. Su padre agonizaba, quemado por el tifus. En una de las visitas, Frister descubre que guardaba un mendrugo bajo el jergón lleno de piojos de la enfermería. Su primera tentación fue arrebatárselo: la muerte de su padre era cuestión de días, de horas: ¿qué importaban unos gramos más o menos de pan? Sin embargo, no lo hizo. Un prurito de dignidad latía todavía en él: no le arrancaría a su padre aquel trozo de pan mohoso, mientras estuviera con vida. Pero a partir de ese momento, su única obsesión fue que su padre muriera pronto, desear con todas sus fuerzas la muerte que le permitiría tragarse el pan sin, creía entonces, remordimientos de conciencia.
En su dimensión moral, la historia no acabó nunca para Roman Frister, sobreviviente que tuvo la suerte ―dudosa, pero suerte al fin― de testificar en juicios contra nazis. Entonces, y lo anoto para quien no conozca el libro, la historia acabó con que el padre murió y el pan se lo zampó un enfermero.
Guárdese por siempre la memoria del horror. Sin ella, somos menos hombres, apenas lo somos, y desmerecemos el pan que nos llevamos a la boca cada mañana.