Cucu Diamantes, la prima putativa de Elpidio Valdés [1], y esa parodia de una fallida parodia que es Edmundo García [2]. Dos invitados a hablar en La Habana en nombre del exilio [3].
No saben qué hacer con el odio esos dos, esos tantos, pero lo sacan a pasear cada vez que tienen ocasión. O revolución. Lo han criado, lo han mimado.
¡Mira qué lindo mi odio, papi! (O mami, según el caso.) Y los espasmos, la pelvis martilleando la tibia… Pim, pam… Pim, pam…
Tienen ese animalito ahí. El odio, esa bestiecita. Le acarician el hocico para que gruña. Grrr… Grrr… Raspa, sí, pero parece que raspa rico.
¿De dónde lo sacaron tan grande y tan perdurable? Ese odio, digo. A veces es lo único que tienen para distinguirse. «Yo odio», dicen y enseguida comienzan a conjugar en negativo y con adverbio añadido: «Tú no odias bastante; él no odia bastante; etc…»
Bueno, sí, allá está el odio de la gentuza castrista. Ese odio es por comer. Ñgrr… Ñgrr…
Pero el odio de los que ya comen… Ese otro odio, odio prestado… Llenito el carro en el Publix o el Carrefour…
Yo lo conozco a veces, ¿a qué negarlo? Pero me lo guardo. Lo amaso y amanso. El odio, como el amor, es una pulsión íntima.
Hay tipos de estos que odian por odiar. Por vicio. Por oficio. Vificio.
El odio. ¿Qué coño van a hacer con él cuando se mueran? ¿Se heredará el odio? ¿Se mama el odio, Cucu, Edmundo?
