He dedicado un par de horas a pensar en lo de Venezuela. Como quien no quiere la cosa, ya saben… Como quien no quiere ESA cosa, ni para otros…
Tampoco se las dediqué en exclusiva, no… Entretanto, he estado manoseando libros en busca de unas citas que requiere un editor; me he ido un rato a leer al balcón ―nada tan vigorizante como el frío bajo el sol―; he jugueteado con Bruno preguntándole también a él―¡buf!, ¡buf!, ladró en catalán y ahí ya tuve pista que desaproveché entonces―; zapeé entre la Fox y Al-Jazeera unos minutos; envié un par de e-mails; le dije ladrona a una que me llamó del banco y se lo dije por ladrona; me puse de cabeza, los pies contra la pared, unos instantes, y recité medio poema de René Char que estoy memorizando y medio de Vallejo hasta que me descolgué porque comenzaba a marearme; me freí un par de huevos; me los merendé con galletas; resolví, o eso creo, un problema doméstico que me traía también de cabeza desde hace días… Y todo eso mientras pensaba, así como sin quererlo: «¿Cómo salir de ese hijo de puta de Hugo Chávez?»
Y, de pronto, oigan, ni sé cómo, pero así son los fogonazos, ¿se acuerdan de aquello del huevo de Colón?, descubrí que es facilito el cómo comenzar: ¡basta meterle un tiro en la cabeza a Hugo Chávez! ¡Bang!
Entonces nos veríamos devueltos al problema de Venezuela antes de Chávez. A los «noventa años» despues de los once, pero antes de los novecientos [2]. ¡Ya sería algo!
Oh, sí, ya sé que suena a salvajada. Ah, claro, antidemocrático, me dirán. Que si llamo a la violencia, que qué vergüenza; que no, que si el revocatorio, que si las urnas, la oposición, las elecciones…
Pero, seamos francos: ¿alguien piensa de veras que cuando un megalómano de esta naturaleza se adueña de las mentes de poco más de medio país y con ello del país entero hay más solución que el estridente «¡Bang!» del magnicidio?
Bah…
¡Bang!
