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De cómo (no) se inmolan los cubanos

Guilermo Fariñas [1]

Guillermo Fariñas

El primer recuerdo que tengo de una asociación entre Cuba y la idea de inmolarse data de 1983. Eran los días de la intervención norteamericana en Granada [2] y tarde en la noche mi padre recibió una llamada desde la Embajada de Cuba. Le dijeron, y nos repitió después, que el coronel Pedro Tortoló se había «inmolado» junto a un último grupo de militares y constructores cubanos. «Inmolación» aquella que nunca fue y que por no ser, pero haber sido difundida, le costó a su desafortunado protagonista un ostracismo que no merecía.

Ahora en La Habana, tras larga pausa, suena otra vez la voz «inmolación». En clave bien distinta, por cierto. Resulta que hay cubanos dispuestos a inmolarse por la causa de la libertad. Tras la muerte de Orlando Zapata, hay al menos uno, Guillermo Fariñas, que lo proclama claramente y en términos, lo digo sin ambages, que muestran a un alucinado. «Hasta los psicólogos del Ministerio del Interior dicen que es mi perfil: yo tengo alta vocación de mártir», le leí ayer [3], cuando aún no había perdido el conocimiento.

A mí, francamente, esos llamados a morir por la patria me producen un intenso desasosiego. Primero y sobre todo, por la imposibilidad de conjurar esas muertes: resulta muy difícil convencer de las bondades de la vida, de la acción en vida, a quien ya ha elegido el camino del martirio. Segundo, porque en estos tiempos postnacionales morir por algo tan etéreo como eso que antaño llamábamos patrias, me parece que es un poco morir por nada. Tercero, porque ni si aún tuviéramos patria valdría la pena morir por ella, por esa Cuba ojerosa y magra como el propio Fariñas que ofrece su vida en holocausto.

Pero hay aun otra razón para mi desasosiego. Antes, muchas veces, los cubanos nos hemos preguntado cómo es que nadie en el entorno del dictador se haya decidido jamás a pegarle un tiro. En cincuenta años, no contamos ni con una sola conjura palaciega para descerrajarle un balazo en los hocicos a Fidel Castro. O a su hermano. Y cada vez nos hemos respondido que ello no ha sucedido por una sencilla razón: los cubanos no tenemos vocación de mártires.

Y mira, sí; ahora resulta que sí. Que tenemos mártires, bravos y negros los dos. Zapata ya reposa en Banes y Fariñas va camino de la agonía mientras los déspotas ríen en Punto Cero y Palacio, entretenidos en filmar sus muertes, macabros e ilesos los dos.

La fotografía es de la Agencia EFE.

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