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Alicia Gámez: «Hemos sido bien tratados… (pero, ay) el desierto.»

Asisto con (muy moderado) estupor a las primeras declaraciones en libertad de Alicia Gámez, la vecina de Barcelona que regresó hoy a España después de 101 días [1] de secuestro a manos de la sucursal de Al Qaeda en el Magreb.

Gámez, para quien no esté al tanto, llevaba diez años formando parte de la Caravana Acció Solidària [2], una entidad paramunicipal dedicada, entre otras obras que ofrecen consuelo al bienpensante, a recorrer una vez al año el África occidental repartiendo ayuda.

Pero este año, ay, mientras Gámez y sus compañeros conducían su caravana de vehículos cargados de enseres útiles a poblaciones empobrecidas, los muchachotes de Al-Qaeda le cortaron el paso a su jeep y la secuestraron junto a otros dos colaboradores.

barcelona-acció-solidaria-alicia-gámez [3]

Cien días, ¡cien!, ha pasado secuestrada la buena de Alicia. Entretanto, el futuro de las caravanas solidarias parece sellado: se acabaron las ayudas a los menesterosos de solidaridad.

Luego, tenemos a señora que ha padecido un secuestro ―«retención», ja, leo en un diario [4]― de cien días a manos de tipos que desprecian a las mujeres como ella, las visten con burkas y lapidan, perpetran atentados en los que mueren los mismos niños a los que Alicia ha dedicado al menos los diez últimos años de su vida, asesinan con el objetivo de abolir las libertades de que goza Alicia y, quiero suponer, querría gozaran todos.

Más: su liberación y la ojalá que próxima de sus dos bienpensantes compañeros se produce a cambio de dinero, mucho dinero de cuantioso rescate pagado por los contribuyentes, o de la liberación de terroristas presos. Luego, ha vuelto a Barcelona a cambio de más terror y más muerte.

Cabe suponer entonces que una vez liberada, la mujer que ha visto cancelado su sueño, ha pasado por el calvario de un secuestro y ha coadyuvado, sin quererlo, al fortalecimiento de Al Qaeda diga, lo menos, que esos tipos son unos hijos de puta. Que pida perdón. Que se felicite de haber escapado con vida de los amigos de las degollinas ―y yo me felicito con ella―, pero no que calle, no que disimule, no que actúe como si volviera de un safari en el que se torció un tobillo.

¡Qué va, hombre!

Ha dicho esto, exactamente esto [5]:

«Hemos sido bien tratados, con respeto, y nos han atendido bien dentro de las limitaciones propias y muy duras del desierto.»

Y punto.

El duro desierto y los respetuosos captores. ¿Qué coño le hacían esos tipos más amables que las dunas? ¿Leerle a Le Clézio [6] en lugar del Corán? ¿Mirarla con la sorpresa con que mira un buen día una gallina a los patos que ha criado en lugar de patearle la cabeza, separársela del tronco?

La trataron con respeto, dice tras cien días de secuestro.

¡Hay que joderse con estos bienpensantes! Con el «síndrome del socialista».

Shin-Divider [7]

De contra:

Hoy hace tres años que comencé a escribir El Tono de la Voz. [8]

Gracias a todos por leerme.

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