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(Ojalá que) Pesadilla en cachito de siesta

Hacerse con los nombres de esos ciudadanos cubanos que una y otra vez hostigan a cuanto disidente se atreve a salir a la calle.

Son un grupo heterogéneo salido de la masa. Unas doscientas personas ―la lista cabrá en cuatro folios mecanografiados a un espacio― siempre prestas a salir a la calle a insultar a las Damas de Blanco, a Darsi Ferrer, cuando se manifestaba en el Vedado, a los blogodisidentes… Los convocan y dale. «Esta calle es de Fidel», etc.

Reunir a esos cubanos ―mujeres y hombres; blancos, mulatos y negros; casados, solteros o ajuntados; exmilitares y oficinistas; tarrúos y multiorgásmicas; extorsionados y chivatos; seguidores de Industriales o cultivadores de bonsáis; amos de perros o dueños de gatos; fanáticos del majarete o enamoradas de los casquitos de guayaba; nostálgicas de Roberto Carlos o arrebatados con la Charanga; fanáticos de Carlos Otero o valedores de Alexis Valdés; ateos, católicos, espiritistas o todo mezclado y encima amigos de Obatalá…

Reunirlos a todos, subirlos a esos mismos autobuses que los llevan a insultar, a guapear facilito, a acosar a quienes no se callan. Conducirlos hasta un cabaré o un descampado. Invitarlos a bajar. Hablarles; escucharlos. Compartir pergas de láger, recuerdos, sueños y tamalitos. Pasar un par de horas entre ellos y con ellos.

Y descubrir, de pronto, que ellos son Cuba tras cincuenta años de castrismo, que esos son los cubanos, que así son los cubanos. Que eso es lo que hay.

Que esos doscientos no son excepción. ¡Que son un mero indicio!  ¡Una ufana avanzadilla!

¡Que son apenas un muestrario!

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