Leo que el Marqués de Comillas pierde calle en Barcelona a favor de Francisco Ferrer i Guàrdia.
La escueta nota en el diario El País [1] habla de injusticia reparada. Así son los periódicos cuando tienen que habérselas con unas pocas líneas: olvidadizos y maniqueos. Cuando disponen de más espacio es peor. Mucho peor.
Y mientras paseo a Bruno ―meadita aquí; caquita allá― me entretengo en repasar las trazas cubanas de esa mutación en la toponimia de la ciudad.
Quien pierde calle, Antonio López y López, Marqués de Comillas [2], amasó una fortuna que en términos cursis cabría calificar de fabulosa. Se enriqueció en la isla de Cuba y algunos sostienen que lo hizo traficando con esclavos. Leyenda negra que ha servido para que se produzca el trueque toponímico, la «injusticia reparada». En verdad, López trabajó como un gallego, sin serlo, y fue industrioso y astuto como catalán, sin serlo tampoco, aunque sí fue barcelonés a la postre.
Quien le gana calle, le gana de calle, Francisco Ferrer Guardia, pedagogo español, vio cerrada la Escuela Moderna [3] que fundó cuando el bibliotecario que allí servía, el anarquista Mateo Morral, lanzó una bomba al paso de Alfonso XIII. Murieron veintitrés personas en aquel atentado. No así el destinatario de la explosión. Más tarde, Ferrer Guardia fue fusilado como instigador de la Semana Trágica, la misma en la que casi matan al poeta cubano Eugenio Florit [4], entonces un niño y sobrino del Gobernador civil de Barcelona.
¿Y qué rayos tiene que ver con Cuba el atentado perpetrado por aquel Mateo Morral? Facilito: Morral recibió la bomba de manos de su mentor espiritual, Nicolás Estévanez, de feliz memoria para los cubanos. Destinado en Cuba, Estévanez, recuérdese, rompió su sable en protesta por el fusilamiento de los estudiantes de Medicina y pidió el licenciamiento del Ejército. También se le debe, por cierto, un artículo sobre Juan Clemente Zenea [5] que constituye una de las primeras vindicaciones del poeta después de fusilado.
Un manido chiste dice que los bilbaínos, cuando quieren orientarse en la ciudad, no piden un plano. Piden un mapamundi de Bilbao.
Así de sobrados nos paseábamos hoy mi perro y yo, aunque él no sea habanero, el pobre.
La Habana ―bueno, algún santiaguero reclamará al Marqués de Comillas como suyo, aunque no creo― tiene saludable dimensión protágorica. Sirve de medida de (casi) todas las cosas, con que se pongan ganas y se tenga memoria.