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Siempre, ahora mismo…

Un amigo y antiguo condiscípulo murió en Moscú hace dos días.

Tenía mi edad y una vitalidad que me asombraba y le envidié. Su encanto no se lo envidié nunca, porque es de gente mezquina o imbécil envidiar lo que uno sabe que no alcanzará jamás. El aviso de su muerte fue un puñetazo. Varios: una genuina paliza.

Las noticias de su funeral me trajeron otra más: otro viejo condiscípulo, del que no supe por años, enviudó hace poco. Su mujer, aún más joven que todos nosotros, falleció también de repente.

Esta tarde recibí un mensaje de un corresponsal: me pedía las señas de alguien que murió hace pocos años. Quería hablarle para convocarlo a entrevista. Nada sabía de su muerte. Me reclamaba su número de teléfono.

Me he pasado el resto del día trabajando a duras penas, porque lo hice reparando a ratos en el ritmo de mi respiración y pensando en los vivos y los muertos.

También y sobre todo recordando aquel aserto de Mijaíl Bulgákov, quien dijo, más o menos, que lo terrible no es que seamos mortales, sino que lo seamos siempre y en todo momento. Ahora mismo, por ejemplo.

Descansa en paz, Dmitri, querido amigo.

Y ojalá que nadie me pida en lo adelante tu teléfono, porque todos te recuerden vivo, mientras te sepan y te honren muerto.

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