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Céline rodeado de silencio con esvásticas…

¡Ya hay foto!

¡Céline el nazi! ¡El nazi Céline! ¡Ataja!

Teníamos los sobrados testimonios que Lumen nos empaquetó en su «primera época» y teníamos la correspondencia desde la cárcel, las escasas entrevistas. Contábamos, cómo no, con la abundante Céliniana: memorias, diccionarios, sesudas tesinas. Teníamos hasta legisladores censurando sus panfletos ―las Bagatelles pour un massacre, Les Beaux Draps, L’Ecole des cadavres…. Esos a la vez detestables y primorosos panfletos de Céline, todavía secuestrados al lector libre. Si libre ―de la censura propia y ajena; de sus propias manías― es algún lector. 

Sabíamos sin dudas que Louis-Ferdinand Céline ―aquel de cuyo Viaje al fin de la noche, traducido al ruso por los comunistas Elsa Triolet y Louis Aragon dijo Stalin que era uno de sus libros preferidos― fue antisemita rabioso y entusiasta pro-nazi.

Es que por saber, casi sabíamos que hasta los gatos le ronroneaban a Hitler en la casi siempre estival abulia de Meudon.

Con Céline, menos leerlo hoy lo que merece, se ha hecho de todo. Lo ha hecho la moralita, ese mineral bulldozer de la memoria soi-dissant histórica.

Oh, pero ahora tenemos foto. ¡Fotazo, man! ¡Fotaza, tío!

celine-et-les-svastikas-canada-1938 [1]

Están que no se quieren esos de L’Express chupando memorabilia canadiense. El Adrien Arcand de Jean-François Nadeau, uff. Fiestecita en el Tubo [2] y todo. ¡Lo han pillado, al avieso Dr. Destouches! ¡Vaya facha!

La «noticia» llevaba semanas corriendo [3] por los reductos célinianos [4], pero ahora es bomba. [5] Carita entre esvásticas. ¡Candela! Y sin «my bad». Que de eso, ay, no hubo.

La pregunta número tres, después de otras dos tan obvias que me ahorro anotarlas, es si esto ayudará a que se lea a Louis-Ferdinand Céline. Si esta «revelación» servirá para que en el sosito XXI se practique la lectura espasmódica a la que nos sometió el Maestro. Quiero pensar que sí, que sólo los atormentados son legibles aunque a ratos sean ilegibles.

Definitivamente, chico, Céline nos da más trabajo a los célineanos que Joyce a los joyceanos… ¡Y fíjate que es mucho decir!

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