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(Parece que) Cualquiera es una Dama de Blanco

La historia me la han contado esta noche y es absolutamente verídica.

Un célebre compositor y músico cubano, cuyo nombre se me rogó omitir y a ello me atengo, viajaba en autobús hace unas semanas. Por La Habana. Llevaba camisa y pantalón blancos de hilo, atuendo que suele cultivar. Acudía a un ensayo. El compositor de marras es homosexual. Marcadamente homosexual, por decirlo así.

Cuando le toca el turno de apearse del autobús ―la guagua, vaya―, coincide en la salida con una «santera». Vestida la última de blanco inmaculado y la cabeza cubierta con tocado del mismo color.

Bajan ambos a la calle, avanzan dos pasos y media docena de policías se abalanzan sobre ellos, los  maniatan y los empujan hacia un coche. Los gritos de ambos ―el estupor del músico; el salpafuera de la santera― alertan a los policías.

Los «identifican».

―Sigan, sigan ―les dice por fin el jefe. Y aclara a modo de disculpa―: Es que pensamos que eran Damas de Blanco.

Media hora antes, averiguó el compositor, las Damas de Blanco se habían manifestado por aquella misma esquina de la que habían sido desalojadas precisamente en un autobús.

―Está de pinga La Habana ―contó después―. Sale una a la calle envuelta en níveos paños y enseguida la confunden con una Dama de Blanco.

Anotado queda, pues. Para quienes sostienen que nadie sabe en La Habana quiénes son las Damas de Blanco y afirman que su presencia en las calles les resulta indiferente a los cubanos.

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