No me alcanzan los dedos de las manos, y tengo diez a pesar de que una amiga de Miami Beach me llame Homer, por el de Springfield, para contar las veces que he oído jurar que ya sale, que ya mismitico sale, el libro definitivo sobre las UMAP.
(Las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, para los no versados en la maraña de siglas del castrismo. A saber, los campos de trabajo establecidos en Camagüey y abiertos ―¡es un decir!― entre 1965 y 1968. Su propósito: reeducar a los cubanos que, apagada la resistencia armada al nuevo régimen, se resistían a ser fagocitados por la garganta totalitaria.)
Tientos ha habido y el atendible Un ciervo herido [2] de Félix Luis Viera es uno. La UMAP: el Gulag castrista [3], de Enrique Ros, es otro. Testimonios hay aquí o allá: José Mario dejo alguno que no consigo encontrar ahora. Él parecía, creí, alguien destinado a escribir ese libro crucial.
Lo cierto es que ese libro también nos falta ―¡como si no nos faltaran libros!
Como probablemente les suceda a muchos lectores de esta página, me ha tocado escuchar testimonios diversos sobre el paso por las UMAP. Aún en Cuba, tuve la suerte, por decirlo así, de contar con el testimonio de uno de los guardias. Convertido a la sazón en chofer de una embajada europea en La Habana, trabamos relación gracias a los ires y venires a la residencia de una funcionaria de esa embajada y una noche se apareció en mi casa con una botella de ron que le desató la lengua y le azuzó la memoria. No era ocasión ni era ciudad, pero sobre todo no era país, para echar a andar la grabadora. ¡Lástima!
Hace unos días cené con alguien que se jamó dos años en las UMAP. Y el asunto se encaramó a la mesa, como un perro malcriado.
Y sí, testimonios hay, uno tras otro. De vejaciones, de trabajos forzados, de torturas, de algunas muertes.
Oye, ¿de veras nadie se encargará de llenar esa laguna en la memoria colectiva de los cubanos con libro que sitúe aquella experiencia de «reeducación» en los términos que merece?
Mientras antiguos funcionarios del régimen de La Habana reescriben su historia con ahínco, las víctimas apenas han conseguido que su voz sea oída y respetada. Tan oída y respetada como merecen.
De contra:
Tomo la imagen que ilustra este post del magnífico Archivo de Connie.
Véase este artículo publicado por el diario El Mundo en La Habana [5]. Apareció el 14 de abril de 1966 y saluda las bondades de las UMAP, tan útiles, tan buenas.
