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¿En qué barrio de Cuba se acaba el castrismo?

Cautivos de una esperanza, cada vez que alguien manifiesta que el «régimen cubano está llegando a su fin» nos alegramos como niños. Gimoteamos. Damos palmas. No importa que el profeta carezca de más argumentos que su propio deseo o de más evidencia que el paso de un calendario que ya nos engañó una vez.

De hecho, todavía emociona el «ya viene llegando» de Willy Chirino. De hace veinte años. Veinte. Que para venir llegando desde entonces, chico, parece le pidió el mapa al bueno de J. R. R. Tolkien y eligió la ruta más escarpada y sinuosa  hacia las Tierras Altas.

Hay apenas dos expectativas diáfanas de cambio de régimen:

1)      Un levantamiento popular al que el gobierno se vea obligado a responder a tiros.

2)      Una intervención militar extranjera que siga a catástrofe humanitaria de magnitud horrenda.

La segunda es opción que repugna, porque nadie en sus cabales desea se produzca catástrofe de tal envergadura que merezca intervención.

La primera, en cambio, puede producirse en cualquier momento. Ahora mismo que leen esto, por ejemplo.

¿Recuerdan el salpafuera del ‘94? ¿Recuerdan las extraordinarias imágenes del Maleconazo? [1]

Pues, imagínense que hoy, mañana, se enciende la chispa y en un barrio habanero sale a la calle la muchachada y comienza a romper vitrinas y a linchar policías orientales. Imaginen que las turbas armadas de cabillas no consiguen controlar la situación y se ven obligadas a pedir refuerzos. Y que estos llegan, se producen disparos y hay víctimas.

¡Pum! ¡Pum!

Y ¡pum!-to final.

Lo otro, todo lo otro, no es más que lo que hace mi fiel Bruno cuando lo saco a mear cada noche: seguir rastros que lo llevan siempre a un mismo sitio. La casa donde tierno dictador le da la comida, lo baja del sofá cuando recibe visitas, le premia las gracias con galleticas y le apaga las luces cuando le place.

Por eso cada vez que alguien me dice que «el final del régimen está cerca» le pregunto en qué barrio es la cosa. Y a qué hora.

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