Los españoles, se sabe, evacuaron la Florida en 1763, tras cedérsela a los ingleses a cambio de recuperar La Habana. La península quedó entonces virtualmente despoblada, porque no sólo los españoles bajaron a Cuba.
También lo hicieron quienes con ese viaje se convirtieron en los primeros norteamericanos que visitaron la Isla: los indios seminola que acompañaron a los colonizadores en su viaje.
Poco se sabe de la suerte de aquellos pioneros norteamericanos y su avatar cubano. No eran turistas; iban a asentarse en aquella isla española. Sin embargo, parece que muchos regresaron más tarde a los Cayos de la Florida y desconozco qué no les gustó en Cuba como desconozco si lo hicieron en embarcaciones precarias y fueron entonces los primeros balseros en enfrentar las corrientes del Golfo. Cabe suponer que abominaron de los mismos españoles a los que siguieron.
Quienes ahora pensamos desde fuera de Cuba en cómo debe ser la Cuba futura, quienes le diseñamos futuros, como quien talla en el aire, deberíamos, se me ocurre, recordar más a menudo aquel episodio con viaje de ida y vuelta.
Atraídos súbitamente a Cuba por un cataclismo político, los seminolas volvieron a casa en cuanto olieron barracón. En cuanto se apartaron de aquel delicioso olor a vainilla, que según Chateaubriand despedían las tierras de la Florida.
Ni nosotros ni nuestros hijos vivirán ya en aquella isla para la que diseñamos futuros perfectos. No se olvide ese detalle. Y actúese en consecuencia.
Y no, no se trata, como creerá el lector apresurado, de renunciar a pensar en Cuba y actuar por Cuba.
Simplemente, se trata de hacerlo asumiendo que todos somos, cuando menos, seminolas.
