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Putas contraseñas

Skype, Facebook, Twitter, Rebtel, Spotify, Vkontakte, la banca online, GoDaddy, WordPress, Odnoklassniki, PayPal, una veintena de publicaciones digitales a las que estoy suscrito, cuatro direcciones de correo electrónico, servicios de venta por internet –Amazon, eBay, alibris, Fnac, y aquí largo etc.―, portales varios para descargar archivos o subirlos ―Scribd, Youtube, Megaupload…―, redes de bibliotecas online, enciclopedias y diccionarios especializados, páginas de «ocio» ―¡eh, tranquilitos, malpensados!―, etc., etc.

Para todos, nombre de usuario y contraseña. Los primeros más o menos los comparto, de manera que me basta media docena. Las segundas son casi todas distintas, obediente que soy a las recomendaciones de los portales que advierten de la posibilidad de que alguien se haga con mis señas y se pasee por el interior de mis lecturas, se embolsille mi dinero o descubra una a una mis aficiones. El caso es que los passwords, o contraseñas, que utilizo pasan de la treintena.

Así, la opción «recuperar la contraseña» se ha convertido poco a poco en mi obligada amiga predilecta.

eye-ojo-blade-runner [1]

En Blade Runner, una de las diez obras de arte más acabadas del último tercio del siglo pasado ―Madonna [2], las flip-flops (lo que los cubanos llamamos chancleta «metede’o») como objeto pop y el Millenium Bug son otras tres―, leer los espasmos del iris es la herramienta que permite distinguir a humanos de replicantes.

Sé que muchos protestarán cuando semejante tecnología se cuele en nuestras casas y sea a golpe de pupilazo que accedamos a la Internet «privada» de cada cual. Dirán que alguien nos podría robar los sueños mirándonos a los ojos desde Silicon Valley.

Bah, los sueños. Esos muebles menesterosos de tapicero.

Yo ya voto porque así sea, porque un gadget que escrute mi ojo, o ambos, me permita prescindir de tanta identidad multiplicada, por sacudirme esta maraña de nombres y contraseñas que ya apenas recuerdo, porque se comuniquen mi carne y la Internet, siquiera en forma tan dudosa como ésta en la que ya se comunican mis huesos y mi nombre propio.

Y si alguien tratara de aprovecharse desde el otro lado, siempre podré asustarlo ―bueno, y también tentarlo― con lo que han visto los ojos de los que creo ser dueño [3].

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