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Opíparo vs. Aparicio: más arte, más cuernos, más sangre

aparicio-cornada [1]

Un toro de nombre Opíparo ―¡Opíparo!― le destroza la lengua a artista vestido de lo más cursi. ¡Esas hombreras con pinta de charreteras o viceversa, por favor!

Artista, por cierto, que llevaba largos minutos martirizándolo y se aprestaba a matarlo con la esperanza de pasearse después empuñando ufano una, o hasta dos, de sus orejas cortadas.

Si a favor de la perpetuación de la tauromaquia no bastara la feliz circunstancia de que casi cada año los toros cornean en Pamplona a muchachotes beodos llegados desde otros mundos, negligentes lectores de Hemingway, esta imagen debería servir de vindicación rutinaria de la necesidad de esta fiesta, devenida espectáculo pop, guerra con sangre en casa y los domingos.

Es una imagen TOTAL, como grato es el alivio de saber que Julio Aparicio vivirá para hacer el cuento [2].

Una imagen, la miré embelesado durante largo rato, que nos recuerda que los artistas juegan con sangre y, ante todo, con la propia. ¡Que se la juegan! Fíjense bien en cómo se juntan esos dos cuerpos dispares: ahí hay mucho de tango.

«I like to see bullfights in sunny old Spain», cantaba Frank Sinatra [3] . (Y ello a pesar de que Ava & Dominguín le dieron más de un dolor de cabeza, que en materia de toros todo son cuernos.)

Eso, pues. Más fiesta. Más cuernos. Más arte, más sangre y más bravura compartidas.

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