Antes de los «ganamos» o los «perdimos», antes de eufóricos «los doblegamos» o patéticos «nos volverán a joder», antes de pronunciamientos, manifiestos, protestas o saludos, habrá que esperar a ver qué nos dice la semana que comienza. Sus números, sus ritmos.
Sobre todo porque hasta ahora sólo dos de las tres partes implicadas han hablado. Lo han hecho, y bien, la Iglesia [2] y algunas voces de la oposición [3]. Y la que aún calla, el gobierno cubano, es la que aquí decide. (Bien es cierto que su silencio ha sido particular: la mención de «los presos y las Damas de Blanco» en Granma [4] sin adjetivos denigratorios, aun cuando hecho mediante voz interpuesta, es algo más que mero silencio.)
En lo que a los presos respecta, lo que tenemos hasta ahora no pasa de ser el relato de una promesa. Si bien se trata de un relato bien articulado que incluye traslados y excarcelaciones. Es decir, una mejora de las condiciones carcelarias de quienes no deben estar presos y la continuación, parece que en número apreciable, de la política de concesión de licencias extrapenales por motivos de salud.
Habría algo aún más relevante. A saber, que en lo que concierne a la relación entre el gobierno cubano y la oposición tendríamos el establecimiento de un mecanismo de diálogo con un mediador nacional. Nacional, subrayo, porque se trata de la Iglesia de Cuba y no de gobiernos extranjeros, personalidades extranjeras o Iglesias extranjeras. Esos con quienes antes se canjeaban presos.
Crea lo que crea cada cual, yo incluido, sobre ese interlocutor, de él como de cualquier otro lo que se evalúan son los resultados. Lo dicho, pues: antes de aplaudir o censurar, antes de las enhorabuenas o los vituperios habrá que observar el alcance del diálogo, aun a sabiendas de que se dialoga con un régimen dictatorial que no va a ceder el poder como quien devuelve un préstamo, ni cesará de emplear todos los mecanismos de que dispone para conservarlo.
Ahora mismo el pollo del arroz con pollo es el alivio de la situación de los presos políticos y sus familias, como también que el nombre de Guillermo Fariñas no se sume a la lista de víctimas del castrismo. Y aquí el peso se lo lleva el adjetivo «humanitario». Los sustantivos «libertad», «democracia», etc., esperan por diálogo al que tendrán que sumarse más interlocutores que los funcionarios sentados al pie de la silla de Pedro, los mismos que esta semana podrían demostrar haberse ganado un puesto en esa mesa por venir.
