Si los disidentes cubanos son divididos en buenos y malos, según su interpretación de lo que pasa en Isla que nos queda lejos; si la Iglesia cubana que negocia con el gobierno el alivio de la situación de los presos es mera sucursal de la represión; si Silvio Rodríguez es un esbirro y el Carnegie Hall merece tratamiento de oficina de Cuba en el exterior; si todos los cubanos que residen en Cuba son activos cómplices de la dictadura; si cada exiliado que concede a algunos cubanos residentes en la Isla la condición de interlocutores en un diálogo crítico es traidor y repudiable dialoguero; si huelguista de hambre muerto nos sirve más que huelguista que negocia y abandona…
Entonces, ¿de qué coño hablamos, señoras, caballeros?
Si todos esos «if» son la Cuba que imaginamos, pidamos rendición y exijamos sangre.
Abiertamente, oye. Digámoslo a gritos y sin disimulo: ¡queremos que corra la sangre!
Bueno, díganlo, que a mí ahí no me van a encontrar.