El ruido en torno al ruido de las «vuvuzelas» ―ya saben, las cornetas con las que los sudafricanos animan en los estadios― parece una nota a pie de página de mamotreto sobre el «choque de civilizaciones».
Cuando turistas, los occidentales somos dóciles como frenchies. Vamos a África o a las Arabias y allá calladitos y con jeta de qué-original-es-todo-esto. Si a Cuba, encantados.
Pero si hinchas, entonces no admitimos norma distinta a la nuestra. Eurocentrismo a pulso, porque el balompié lo inventamos nosotros.
Que «los negros esos» se ponen a soplar los noventa minutos sin parar, oye, pues casi que apartheid provisional pedimos [2]. Hoy un entrenador avisaba de que las vuvuzelas le impedirán impartir órdenes a los jugadores sobre la marcha. Cierto. Y un jugador español admitía que le disgustan. Comprensible.
Lo mismo en casa, donde el enjambre de abejas enloquecidas que sale del Panasonic no nos deja ver los partidos. «¡Prohíbaseles soplar!», clamamos [3].
Sudáfrica es un país excepcional, donde el horror pasado y la miseria presente se dan la mano con una economía pujante y una democracia que busca afianzarse y desplazar la violencia, los atavismos tribales y la corrupción.
Ese fue el país que eligió la FIFA para acoger un espectáculo global que lo es más ahora que tiene como sede a otro continente.
País de gente que ríe de puro orgullo y sopla vuvuzelas de puro gozo.
¿Que no te gusta? Facilito: renuncia a imaginar un mundo más grande que tu propia casa.
En el caso que nos ocupa, bastará apagar el televisor.
