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Barcelona, también fiesta innombrable

Hoy hace dieciséis años que llegué a Barcelona. Y aquí me he quedado.

Llegué al amanecer de un 24 de junio desde Francia, cruzando una frontera donde aún te exigían mostrar el pasaporte y uno se exponía a la suspicacia de los oficiales de aduanas y la amaestrada curiosidad de sus perros. Una frontera de hocicos a la que llegué en tren al que subí en la Gare d’Austerlitz, viaje que evoco en un capítulo de Minimal Bildung [1].

La ciudad a la que salí desde la Estación de Sants olía a humo y cenizas. Los restos de la noche anterior, la de San Juan ―la misma ruidosa noche de fiesta pagana cuyo estruendo persistente me llega ahora desde la calle―, todavía estaban a la vista.

No parecía auspicioso aquel paisaje. De hecho, para alguien que había dejado un ordenado, lánguido y estival París la víspera, la Barcelona marcada por las huellas de la piromanía desenfrenada parecía más bien un sitio del que huir.

¡Qué va! Todo era máscara. Mero susto. Puro humo, que habría dicho GCI.

Vivir aquí es también una fiesta innombrable. Vivir lo es.

Lo comprobarán otros que lleguen hoy a esta ciudad. Y alcancen a contar dieciséis años de dicha.

Les doy aquí formal aunque virtual bienvenida, desconocidos conciudadanos.

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