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Tres de impertinencias (Saramago, Fraga, Chávez)

1.

Los herederos de José Saramago enfrentan una deuda de más de 700.000 euros que el escritor portugués habría dejado de pagar a la hacienda española.

El abogado de Cuatrecasas [1] que lleva la cuenta del difunto Saramago ha afirmado hoy, leo [2], que el autor de El Evangelio según Jesucristo y Ensayo sobre la ceguera, un hombre ateo, comunista y ―por decirlo rápido― libertario, siempre pagó «religiosamente» sus impuestos.

«Religiosamente», dijo.

Yo de Saramago habría saldado tal enojoso asunto antes de morir, porque ese adverbio es de los que, ay, te modifican la biografía.

2.

Manuel Fraga, quien fuera ministro de una dictadura, la franquista, y al que otra, la castrista, le regaló hace años cuatro presos políticos para ganarse su favor, ha dicho, leo [3]: «Algunas de las cosas que he visto y han hecho los exiliados cubanos en España me parecen exageradas. Algunas de las cosas que han dicho».

¿A qué se referirá Don Manuel? A la incertidumbre sobre su futuro, a los baños compartidos del Welcome, por ejemplo. No. Ha sido más preciso con declaración de veras inquietante:

«Dicen que no se les da bastante libertad para seguir su trabajo con nosotros. Supongo que tendremos que respetar un poco al Gobierno cubano también.»

¡Tremendo!

Porque digo yo que quien sirvió a una dictadura y motejó de «caballerete» a un preso político fusilado poco después ―a Julián Grimau en 1963― haría muy bien respetando a las víctimas de otra.

Que si no, ¿quién se va a creer que un tercio de siglo de democracia lo ha redimido de su desprecio por los opositores?

3.

Hugo Chávez ha ordenado la suspensión de relaciones diplomáticas con Colombia. Una situación que lleva aires de guerra a un continente que no las necesita y las creía desterradas para siempre, más allá de un par de diferendos puntuales de muy moderada intensidad.

Nada específico, el Epígono Vulgar ha dicho, leo [4]: «No nos queda, por dignidad, sino romper totalmente las relaciones diplomáticas con la hermana Colombia, y eso me produce una lágrima en el corazón…»

Dignidad, hermana, lágrima y corazón. Cuanto bolero en tan pocas palabras que anuncian desastre. Debería prohibirse por ley emplearlas juntas en los discursos políticos latinoamericanos. Y a quien lo hiciera amputarle la lengua, como amputa manos ese Ahmadineyad [5] con quien Chávez compadrea usando palabras más gruesas, de más peso.

Petróleo y uranio, por ejemplo. Tan asociado el último al valor de su «peso específico».

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