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El hombre que dijo «no»

Cada vez que alguien me dice que bajo una dictadura como la cubana no hay otra que aceptar y disimular ―hoy me tocó encontrarme de nuevo con ese argumento que brinda consuelo a quien lo compra― recuerdo la historia de Hans Münch.

Münch era un médico alemán a quien un amigo recomendó un puesto en las SS. Trabajaría como patólogo, su especialidad. Su destino fue un instituto ubicado a pocos kilómetros de Auschwitz, campo del que Münch, como muchos alemanes, no sabía nada. Muy pronto lo supo.

Un día de junio de 1944, Münch recibió una orden del comandante del campo, dictada por el agotamiento de los médicos que trabajaban en Auschwitz. También él debía participar en el proceso de selección que tenía lugar en la plaza del campo con frecuencia por aquellos días trepidante. Decidir quién marchaba a la cámara de gas y quién permanecía vivo unas semanas o unos meses más.

Münch se negó. Dijo que ello contravenía sus principios éticos. Lo manifestó con tal ecuánime claridad que sus jefes comprendieron que aquel hombre iba en serio. Y le dieron la razón. Así se convirtió en  «el hombre que dijo “no”», como lo bautizó Gitta Sereny [1].

¡Y eso, ojo, en la sede del infierno, ante criminales para quienes la vida humana valía poco o nada! Dijo «no» y punto.

El 22 de diciembre de 1947 se dictó sentencia en el juicio a los cuarenta médicos de las SS destinados en Auschwitz. Veintitrés fueron condenados a muerte, seis a cadena perpetua y otros diez recibieron condenas de diversa duración.

Hans Münch fue absuelto.

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