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La muerte del secretario general

Hace exactamente un año padecí uno de esos dramas domésticos que se van tornando habituales en estas sociedades de la soledad. El mal olor que me llegaba de una ventana cercana, el revuelo de moscas, la llamada a la policía y el hallazgo del cadáver de mi vecino.

Fue el mismo olor que le encontré a mi café con leche esta mañana leyendo las parece que últimas entregas de las “reflexiones” del Blogger-en-Jefe sobre ese plattismo que a cada rato sacan a pasear en la Habana. Nada hay proustiano en el asunto. Simplemente, el Granma, también el digital, me huele a muerto.

De otra muerte, la de Yuri Andrópov, tengo el nítido recuerdo de ver entrar a la directora en medio de una clase y pedir que todos nos pusiéramos en pie. Era en el Colegio Nº 199 de Moscú, donde yo cursaba noveno, el equivalente al grado undécimo del sistema de educación entonces y ahora vigente en Cuba. Colegio, por cierto, especializado en biología, y a cuyo magnífico terrarium yo había aportado aquel mismo año unas cuantas piezas de fauna antillana: cuatro cucarachas ( periplaneta americana), un chipojo hermosísimo ( Anolis equestris), una araña «pelúa» (creo recordar que fue una Phormictopus cubensis) y dos lagartijas de las que una perdió la cola mientras la manipulaba en Berlín oriental, camino de Moscú.

Andrópov murió un jueves, así que es muy probable que la irrupción de la funcionaria se produjera en la mañana del viernes, aunque no puedo asegurarlo. Sin tiempo para verificarlo ahora, creo plausible que lo fuera y que los jerarcas del régimen soviético no quisieran repetir con el segundo fiambre doblado sobre el buró (político) en tan pocos años las dilaciones a las que sometieron el anuncio de la muerte de su predecesor, aquel repugnante, por imbécil, por asesino y por cejudo, Leonid Brezhnev.

«Niños», dijo la directora, obesa, corrupta (¡ay si me consta!) y con erecto moño a là Valentina Tereshkova, «el camarada Yuri Vladímirovich Andrópov, secretario general del PCUS, ha muerto».

La noticia no produjo la menor conmoción en mis condiscípulos, salvo en dos de ellos: Alexei O. y yo mismo. Para nosotros, la muerte de Andrópov aquel preciso día de febrero amenazaba con hacer fracasar planes forjados con esmero.

Aquel día, fuera el referido viernes o el lunes siguiente, Alexei O. y yo teníamos pendiente cerrar un negocio que nos reportaba a uno cien y a otro cincuenta rublos. La parte del león, para mí. Mi madre había decidido desprenderse de una pelliza comprada en una tienda para extranjeros y aceptó que yo me ocupara de la transacción. Puso precio, yo subí cien y ofrecí a Alexei, hábil conocedor del mercado negro moscovita, buscar comprador subiendo él lo que quisiera y pudiera. Sus cincuenta. Seiscientos rublos en total. Más del triple de lo que ganaba al mes el abofado heraldo con rango de directora.

Suspendidas las clases, pasamos el resto de la jornada recluidos en el aula y acompañados por un responsable del KOMSOMOL que se ofreció para responder a las preguntas que le quisiéramos hacer. De hacerlas nos ocupamos los únicos alumnos extranjeros presentes. Un colombiano que era hijo del representante en Moscú de la marca de plátanos «Chiquita» y el « kubiniets», o sea, el cubano. La que mereció respuesta más larga la formuló mi condiscípulo colombiano: ¿por qué la gente se marcha de los países socialistas a los capitalistas y no sucede a la inversa?

Abrevio: salidos del colegio, pasamos por mi casa en el número 11 de la calle de Iván Babushkin, y recogimos la pelliza. Alexei llamó a la compradora, una actriz con quien acabé trabando amistad más adelante. «No podrán llegar hasta aquí», avisó. «Están cerrados todos los accesos al centro de la ciudad». Y, en efecto, el impresionante despliegue policial y militar cerraba un vasto perímetro que incluía la céntrica casa donde nos esperaban los seiscientos rublos. Alexei me consultó. «Dile que estaremos allí en un par de horas», alardeé.

En realidad, fueron más de cuatro. Horas en las que dos jóvenes de dieciséis años lucharon por romper el cerco impuesto tras la muerte de un secretario general con el sólo propósito de ganar unos rublos que nos hicieran más libres.

En decenas de ocasiones, adustos policías o reclutas que apenas nos superaban en uno o dos años de edad nos obligaron a retroceder. Las direcciones que constaban en nuestros carnés de identidad no correspondían al área encerrada del perímetro de seguridad. No podíamos pasar. Cada vez que me tropiezo desde entonces con alusión a los viejos patios moscovitas en alguna novela rusa, recuerdo aquel afanoso deambular por cientos de ellos. Saltando muros, entrando a edificios en busca de puertas traseras, atisbando a guardias armados con fusiles de asalto en busca del momento en que escurrirnos, ganar una esquina, cruzar un callejón, simular conversación ligera bajo una marquesina de la calle Kuznetski Most.

Y lo conseguimos. No hubo retén, ni duelo nacional que nos impidiera realizar la lucrativa transacción. Y no recuerdo que tuviéramos miedo, más allá de la excitación que nos provocaba vernos implicados en un abierto acto de desacato. Para nosotros, dos adolescentes criados en el socialismo real, el sistema comunista no era más que un estorbo sorteable.

Mutatis mutandis, en la Cuba donde agoniza Castro hay cientos de miles de personas que conciben el castrismo en términos parejos. Basta hablar con jóvenes venidos de Cuba, especialmente los menores de veinte años para palpar una desideologización absoluta y un trasiego con el castrismo parejo al que nos animó a nosotros a «luchar» aquellos rublos.

Velarán y enterrarán al dictador, continuarán la elites isleñas elaborando sofisticados discursos –véanse los últimos intentos de reconstruir una tradición nacional que sume segmentos republicanos (Mañach, Chibás), asunto al que volveré.

Pero la gran batalla, aquella que se dirime en el plano individual, está perdida para siempre, trátese de procurarse rublos, euros o CUC.

Este post apareció publicado en ETDLV el 17/08/2007 [1]. Reaparece ahora con motivo del cambio de ritmo estival.

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