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Google, nosotros y Shakespeare

Los de Google, en su afán de digitalizar todo lo que conoció la imprenta antes de que nos diera por leer sobre pantallas, han contabilizado cuántos libros hay en el mundo [1]: 129.864.880 (hasta el domingo pasado).

Son un montón de libros. Y todos estarán pronto disponibles ante cualquiera que tenga conexión a Internet. ¡Estupendo!

El problema, sin embargo, es cómo conseguir que los humanos lean el escaso puñado de libros que urge leer incluso a quien no suele practicar el ejercicio de la lectura.

Son pocos esos libros. Caben en un metro de la balda intermedia de una librería standard de IKEA. Y en menos. Acaso se trate de medio metro de lectura que harían de todo «hombre medio» alguien mejor, alguien más humano en el sentido ―para decirlo rápido― en que la imaginación mejora a los hombres y los hace más felices. Aunque sea imaginación ajena que espolee la propia.

Son pocos, de veras. Digamos, una veintena de libros que compartir entre todos y una docena más que sirva a lectores en tanto sujetos de una lengua o una cultura concretas.

Estupendo, ¡sí!, que Google digitalice esos 129.864.880.

Pero, oigan, el problema es qué hacer ―qué hacen los poderes públicos, los poderes fácticos y la madre que nos parió― para que todo bípedo dotado de raciocinio que se pasea por este planeta lea siquiera alguna vez todo lo que escribió aquel otro «hombre común» [2] que respondía por William Shakespeare.

A esa pregunta, por desgracia, no dan respuesta ni los mentados ni los eficaces algoritmos de Google, Inc.

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