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Una lágrima por la libertad

En Tánger, hace unos diez años, nos disponíamos a regresar a España y mis dos acompañantes –españolas, aunque una de ellas de ascendencia marroquí– quisieron hacerlo con dibujos de henna en las manos. Los turistas, ya se sabe.

Habíamos pasado la tarde visitando a la familia de unos amigos de los padres de mi amiga marroquí y una de las muchachas de la casa era célebre en el barrio –un barrio muy humilde de Tánger, que creo se llamaba Al-Diwan, un dato que no tengo tiempo de verificar ahora–, por su arte en trazar filigranas de henna en las manos de las novias. Se lo pidieron y la muchacha, obsequiosa como casi todos en Marruecos, aceptó venir a la casa donde nos alojábamos y ejercer su oficio.

Era una joven de unos veinte años y de una belleza absolutamente celestial. Una belleza de esas que duelen cuando las admiras. Subimos a la casa, la marroquí preparó la henna y comenzó a dibujar las manos de mis amigas. Una artista en toda regla. Artista de un arte perecedero, qué lástima. De arte milenario, qué suerte.

Animado por llevarme también yo en el cuerpo una muestra de aquella maravilla, los turistas, ya se sabe, le pedí –mi amiga hispano-marroquí servía de traductora– que me dibujara algo en el brazo. «Eso es imposible», dijo la artista. Insistí durante la hora larga que trabajó sobre las muchachas. «Imposible», repetía. Pero se iba ablandando. Y yo aducía argumento tras argumento a favor de que me tatuara. No los recuerdo ahora. Seguramente eran disparatados, pero ingeniosos, algo a lo que ayudaban las Heineken que había comprado esa mañana en el mercado negro. Me vienen a la mente las risas; la recuerdo cediendo, cediendo y, al final, aceptando. Reticente, pero curiosa. Temerosa, pero excitada.

Me llegó el turno. Pasaron minutos antes de que la muchacha me tomara el brazo por fin. La tenía tan cerca que la olía por encima del ácido aroma de la henna.

Asió mi brazo, un estremecimiento la recorrió entera y se le aguaron los ojos.

«Qué pasa», pregunté.

«Dice que es la primera vez en su vida que toca la piel de un hombre que no sea de su familia», tradujo mi amiga.

Es lo que tiene encontrarse con la libertad después de años añorándola. Temor y temblor, y agua en los ojos, primero. Y después, a gozar. Quien pueda, claro.

Esta nota fue publicada en ETDLV el [1]04/08/2009 [1]. Reaparece ahora con motivo de un cambio de ritmo estival.

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