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El PSOE se viste de gala para visitar al Cardenal Ortega

Digo yo que siquiera por pudor, alguien que se apellide Pajín debería abstenerse de acudir a una reunión con un prelado de la Iglesia Católica. Que la masturbación es pecado, ya se sabe.

Y sobre todo ahorrarse irrumpir en casa asociada a la abstinencia y el celibato ostentando esos dos pechos inmensos de koljoziana recién deskulakizada, los hombros desnudos, los modelitos ciñendo con fuerza las carnes que son orgullo del koljóz «El Monclovita». Y cuidarse también de que su compañera, Elena Valenciano, lleve los tirantes del sujetador al aire y ese atuendo propio de desparrames ibicencos o saraos en Marbella. ¡Que van a hablar con un Cardenal, coño!

Jamás se aparecerían así en Roma o la Nunciatura en Madrid. Ténganlo por seguro.

Pero, ah, claro, oiga, espere, no… Es Cardenal de Cuba, esa isla bonita, ese parque temático de la izquierda. ¿A qué respetos del protocolo? ¿A qué andarse con cortesías?

A estas dos embajadoras de una generación de políticos del PSOE que es la peor que ha conocido España desde tiempos de Atapuerca, Cuba, los cubanos, el cardenal y los sacerdotes mortificados a los que Leire habrá rozado con sus pechos antes de presentarse haciéndoles progresista guiño que habrá parecido invitación ―«¡Pajín!»― les parecen figurantes de una película de la España de los sesenta.

Y lo jodido es que, hasta cierto punto, razón no les falta, porque el cardenal no despidió a este par de pécoras turistas que viajaron, ¡ojo!, «a estrechar lazos con el Partido comunista» [1] en cuanto se aparecieron de esa guisa a las puertas del Arzobispado de La Habana.

Cosas de la «siempre fiel», fíjate.

Inclúyase este post en la (imaginaria) carpeta marcada con la leyenda «¡Y todavía queremos que nos respeten!».

UPDATE:

En Guamá [2] una ilustración muy pertinente para esta nota.

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