
Al teléfono:
―Chico, ¿tú sabes qué le pasa a la Z con la Y y la W?
―Visto en términos alfabéticos, la Y y la W preceden a la Z, a la vez que forman cuarteto con la enigmática X. Cuarteto, por cierto del que la última, por última, se descuelga. Y es evidente que a la Z no le gusta nada ese orden.
―Pero, ¿a qué armar tanto lío? Tampoco es que se juegue los puestos de la a, la be y la ce…
―Bueno, ya sabes… También está la distinción entre las mayúsculas y las minúsculas. Y los tipos.
―Y la «colita», ahora que lo pienso.
―Exacto: el serif que te da o te quita estatura de sheriff.
―¡Coño!
―Imagínate que eres z, así minúscula y escrita en tipo cada vez más bajo, y ves por delante a Y, mayúscula, con serif y reproducida en tipos inmensos, y a W que te hace sombra con su perfecta simetría gráfica y la condición de doble letra.
―Claro… Ahí la z intentará buscar foco a toda costa.
―…y les caen chorros de tinta a las precedentes Y y W, por un lado, mientras se urde «Historia de la Z», por el otro. Es lo que tiene no sentirse a gusto con el alfabeto, ese catálogo con peso de losa.
―¡Qué bobería la de esa Z, tú! A mí es que me cuadran un poco las tres, la verdad… La Z en sus minúsculas, la Y con su serif y la W con sus cursivas. ¿Cómo es que no pueden convivir?
―La pobre Z, viejo… Que añora los tiempos en que Alain Delon la garabateaba por ahí…
―Lástima, compadre…
―Bah, tampoco tiene mayor importancia…
―Ninguna, ahora que lo pienso…