
Ha hecho falta que su jeta de white trash y su discurso más simple que la tabla del uno llenara televisiones y periódicos para que este Don Nadie, acuciado por todos, anuncie que se abstiene de llevar adelante el Burn a Koran Day [1].
Desde Gainesville, Fla., un mascatrancas ha puesto en alerta a los servicios de seguridad de todo el mundo y ha puesto en peligro a soldados desplazados a zonas de conflicto y a civiles en todas las capitales de Occidente. Daños colaterales del periodismo/terrorismo: un Don Nadie se convierte en alguien muy peligroso a la vista de todos. Un peligro público, que se dice.
Debimos ahorrarnos el trámite y no echar a correr el delirio de este alienado.
La cuestión es sencilla. Créase lo que se crea del Islam, ténganse las convicciones que se tengan sobre el terrorismo islámico, hay una ecuación sencilla: en Occidente no quemamos libros; los leemos.
La cuestión es aún más sencilla: cuando veas a un tipo con esta pinta y una pistola en la mesa que se muestra dispuesto a quemar libros en aras de una idea suprema ―cualesquiera que sean los libros o las ideas― ten la certeza de que el fascismo está entre nosotros.
La cuestión, con el Corán, es aún mucho más sencilla. Impleméntese un Read a Koran Day. Ahora mismo, dale.
La lectura de libro tan insoportablemente soso, tan miserablemente escaso de imaginación, tan groseramente soporífero, es el mejor ejercicio para relegarlo al último de los anaqueles.
Y no hace falta que ningún «ministro» evangélico lo arroje al fuego. Ya los lectores se ocuparán de lanzarlo a las luminosas llamas de la irrisión (si dios quiere, claro).