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El Imperio y el oro

De todas las formas en que hemos visto morir a un imperio, ninguna se promete más vulgar que la que parece nos ofrecerá el fin del imperio norteamericano.

No será, mírese atrás, el primer imperio suicida. Pero seguramente sí el que nos ofrezca imágenes más patéticas de sus estertores, el que gimotee en forma más ridícula, el que implote levantando la más espesa nube de polvo. Y, muy probablemente, el que más humille a sus bravos y sufridos valedores.

Aun cuando los EE.UU. tienen por delante década o tres lustros de penosa agonía, basta atender a fenómeno tan propio de la imagen imperial como los anuncios que interrumpen sus programas de televisión, esa Diosa tutelar del consumo, el pollo del arroz con pollo del Imperio, para advertir tristes indicios.

Como devueltos al Medioevo, los súbditos del Imperio hoy miran embelesados a las pantallas de sus televisores desde las que los anunciantes que antes les vendían lujosos automóviles o rutilantes vacaciones, les ofrecen comprar oro. Monedas de oro. ¡Oh, ese último refugio del «inversionista»! Compre oro, señora, que todo lo demás es barro. (Un anuncio que vi esta mañana recomendaba especialmente las monedas de oro europeas.)

Barro son las tarjetas de crédito que anunciaban y regalaban antes. Barro son las acciones compradas en Bolsa. Barro es todo lo que alguna vez alimentó la ilusión de felicidad que compartían los súbditos. Ya nada de eso se ofrece en las tandas de anuncios que se cuelan en las salas de estar de Norteamérica. ¡Compren oro, siervos!, es la consigna.

Eso sí, los llamados a la acumulación del «vil metal» son interrumpidos de tanto en tanto por recordatorios de la calamidad de los seguros médicos de los súbditos. ¡Compren oro, antes de que enfermen, siervos!, es el trasfondo de la consigna.

Las epidemias que asolaban a pueblos enteros durante el Medioevo eran todavía más horrorosas porque se desconocía su origen. No así la epidemia que está asolando hoy al Imperio americano. Pero da igual. ¿De qué nos vale conocerles los rostros a las ratas?

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