
Un premio para un escritor insobornable. Y, sobre todo, para la lengua en la que escribe.
Quienes crecimos a y con la lectura leyéndolo no podemos más que saludar hoy al más ameno de los historiadores de la América latina del siglo pasado, al más atrevido de sus cronistas, a quien retrató cuarteles, alcobas y palacios de gobierno con la misma fe en la fuerza emancipadora de la imaginación.
Respeto y agradecimiento, Mario. ¡Y enhorabuena!