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Wikileaks y la rebelión de los pescados

He estado repasando los documentos que hoy ha filtrado Wikileaks [1]. Muestran cuatro cosas, al menos:

1) Que Irán es percibido como un peligro por algo más que un grupito de sionistas malos remalos y otro puñado de neocons malos malísimos. Son muchos en el área los que consideran que Israel y los EE.UU. tienen que poner fin al programa nuclear iraní. A bombazos, si no hay otra.

2) Los documentos no muestran nada que no intuyéramos, o incluso supiéramos, nada que justifique el entusiasmo de los amigos de los «secretos». Secreto, lo que se dice secreto, no hay ninguno revelado. Lo que se ha hecho público es el trasiego de informes, relatos y opiniones que forman parte de la correspondencia diplomática de cualquier país del mundo. Ellos ayudan a conformar políticas, pero no son LA POLÍTICA. De los EE.UU. en este caso. Y, sí, están llenos de valoraciones sobre charlas privadas que pueden molestar, y mucho, a los interlocutores involucrados.

3) Julian Assange, que es el tipo más repugnante que cámara de televisión ha visto en los últimos años, dejando fuera los peores momentos de Britney Spears o la teta fea aquella de Janet Jackson, acaba de hacer un enorme servicio a Irán y complicar las relaciones de los Estados Unidos con sus aliados en un momento crucial de las relaciones de Occidente con Oriente Medio. Al convertir la revelación de «secretos» en deporte que pretende oxigenar la democracia, lo que hace, en realidad, es enrarecer un entorno que pretende llevar precisamente la democracia a países que carecen de ella, la impugnan y la atacan.

4) Desesperados por la progresiva pérdida de lectores y «exclusivas» a manos de redes de información más inmediatas y auténticas algunos periódicos han comprado la idea de que servir de portavoces de Wikileaks les devuelve la gloria que ven escapar. Véase el obsceno despliegue de El País [2], por ejemplo. El periódico como ventilador que dispara la mierda. O como continente de la mierda, así sin más. El papel que sirve eminentemente para envolver pescado se llena de letra insulsa y antidemocrática que vende a lectores que toma por amigos de las teorías de la conspiración. Por tontos, vamos.

¿Conclusiones? Varias de las que comparto apenas una a modo de recomendación: todo pescado que repose en tarima de mercado y se vea de repente en el trance de ser envuelto por diarios como estos, llenos de esta insulsa bazofia, abandone siquiera por un instante su mudez proverbial y pida a gritos que pesquen, también, a ese Julian Assange. No hay merluza que merezca su abrazo.

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