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Llámenme agorero…

Llámenme agorero, antidemócrata y aguafiestas. Llámenme (cualquier cosa menos) Ismael…

Pero no se priven, como no lo hago yo, de avizorar en qué podría quedar pronto, lustro más o lustro menos, la ola democratizadora que sacude al Magreb.

¡Qué felices somos ahora, con qué alborozo recibimos la noticia del derrocamiento del dictador tunecino! ¡Cómo nos estremecemos como niño ante juguete nuevo con el efecto dominó que podría generar en Egipto, Yemen y, tal vez, más allá! ¡Conozco a uno que hasta ha contratado Al Jazeera para verlo en directo!

«¡Viva la democracia! ¡Abajo la tiranía!», chillamos o susurramos, según el libertario mimbre del galillo de cada cual, mientras asistimos a la revuelta contra las elites corruptas y dictatoriales que han gobernado, gobiernan, aquí o allá.

Magnífico. Nada que objetar.

Pero eso sí, y permítanme consejo: alégrense mucho, pero mucho y tres muchos más.

Alégrense tanto como para que cuando Túnez o Egipto o Yemen democratizados se conviertan en asiento de la más rabiosa reacción antioccidental y antijudía, cuando la marea democratizadora deje paso a la pleamar sobre la que podrá asentarse el fundamentalismo islámico de las juventudes y senectudes del profeta, todavía les quede fuerza para gritar o entonces sí y solo balbucear: «¡Viva la libertad!»

Porque, ay, la democracia ha demostrado ser animal tan magnífico que procura su propia muerte y la refrenda con votos.

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