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Una pieza de la banda sonora de la revolución

Hay documentos sonoros de la historia de la revolución cubana, momentos de su banda sonora o su musique d’ameublement, si prefieren, que deberían compilarse en una secuencia única.

Podría ser una buena música de ambiente que se escuchara en el ascensor que nos lleva y trae —arriba o abajo, según temporada. La selección debería ser cuidadosa y contendría, sin ánimo de ser exhaustivo, lo mismo un «¡Viva Cristo Rey!» ante pelotón de fusilamiento que un «¡Fidel, seguro, al yanqui dale duro!» coreado por centenar de miles de gargantas en la Plaza; lo mismo una descarga de Irakere que una bronca junto a pipa’e’láger en los carnavales; lo mismo la melodía de «Nocturno», aquel programa de radio, que una ovación de diez minutos a Castro I o un guaguancó improvisado en un patio de Marianao o un solar de San Miguel del Padrón; lo mismo un estentóreo «Seremos como el Che» en falsete que el silencio de Arnaldo Ochoa ante el tribunal que lo juzgaba o los sollozos apagados por el vidrio de la pecera del aeropuerto de La Habana en 1960 o, también, los pasos de quienes marchaban deprisa hacia los barcos por los muelles del puerto de Mariel en 1980… Etc., etc.

Hay una pieza que no podría faltar de ninguna manera en esa recolección. Por performática, por criminal, por patriotera, por odiosa y a la vez por testimonio del odio más protohumano… Digo, el archivo de la grabación del intercambio entre la cabina del caza cubano que abatió a las dos avionetas de Hermanos al Rescate allá en 1996 y el Puesto de Mando en tierra. En unos pocos días hará 15 años de aquel acto brutal.

Concéntrense en esa grabación, aun cuando la conozcan. Cierren los ojos. Aíslense. Utilicen auriculares si los tienen a mano. Y mientras escuchan esa secuencia de apenas dos minutos, intenten visualizar por un instante la palabra «Reconciliación» cruzada por un arcoiris…

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