
Al teléfono:
—Oye, Ferrer, ¿y qué tal está llevando Bruno [1] lo de las revoluciones en el mundo islámico?
—Se pasa el día tumbado en el sofá frente al televisor atento a la señal de Al Jazeera…
—¿No me vas a decir que Bruno entiende el árabe?
—No, chico… Al Jazeera en inglés [2].
—Ah…
—Ladra cada vez que sale Gadafi y gruñe con todos los Allahu Akbar… Desde que supo que los perros son animales impuros a los ojos de los islamistas [3] se me ha vuelto poco favorable al Corán…
—¿Y qué dice?
—Hablar, no habla mucho. Ahí lo veo más en la cuerda de Obama. Pero hoy rió a belfo batiente cuando supo de la triquiñuela de los brokers en Nueva York [4] dando a Gadafi por muerto para arañarle par de dólares al precio del Brent… Y cuando se enteró de que Castro I defiende al déspota libio [5] se apeó del sofá y vino corriendo hasta mi mesa a pedirme que lo bajara a cagar… Pero afectado está, ¡vaya si lo está! Hoy se le pegó a una señora a la pantorrilla y no la preñó porque Alá es grande y la víctima se resistió… Es que las revoluciones vistas desde lejos producen desarreglos hormonales, ya sabes…
—¿Pero está comiendo bien?
—Eso sí, aunque preocupado por la repercusión que todo esto pueda tener en Italia —oleadas de refugiados y todo eso—, porque de allá viene el pienso que come [6] y lo dota de ese seductor brillo de ojos. Hecho a base de cordero, por cierto.
—¡Pobre perro! No sabe cómo tomarse todo esto y lo que hace es mirar por sus intereses.
—Sí… Es uno de tantos casos en que da igual convivir con un frenchie que con uno de esos pelados perros chinos.