Me encanta pasear junto a estos grafitis de los que hay decenas en Gràcia, Barcelona, donde vivo.
Esa latencia de la rebelión inscrita aquí y allá en un paisaje de letal aburrimiento, porque sosegado y aún relativamente próspero.
Observando esos llamamientos a la rebelión, uno siente que los demás también están vivos. O al menos que simulan estarlo tanto como se esfuerza en estarlo uno.
Gracias, Gràcia.
