De las tantas fotografías [1] del paisaje descalabrado que ha sido hoy el nordeste de Japón, estas tres.
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Un aeropuerto engullido por las olas y un depósito de vehículos convertidos de repente en cochecitos de juguete.
Aviones y automóviles, dos emblemas de cómo nos movemos sobre la superficie del planeta con ufano rostro de dueños del paisaje, desorbitados por una sacudida del subsuelo. Lo hondo descoyuntando lo superficial y nuestro trasiego con/por esa superficie.
Según una anécdota, acaso apócrifa, alguien preguntó en una ocasión a Salvador Dalí qué opinión le merecían las obras de Alexander Calder [5]. Dalí habría respondido, más o menos: «Hombre, si uno decide dedicarse a hacer esculturas, lo menos que debería conseguir es que se estén quietas».
Y la tierra a la que robamos las distancias, claro, no se está quieta por mucho que la sometamos a permanente bondage con cintas de asfalto y corredores aéreos. ¡Ni que fuéramos escultores!


