¡Qué deliciosa fascinación me producen estas imágenes de la televisión libia! Un presentador, o como se le llame, empuña un kalashnikov y jura que defenderá a su líder hasta la última gota de sangre. Antes asegura que cuando un líder da las armas al pueblo es porque sabe del amor que ese pueblo le profesa.
http://www.youtube.com/watch?v=7LNlxcdaA-4 [1]Líder, pueblo, kalashnikov blandido ante cámara de televisión…
Ah, las dictaduras… ¡Hay un patetismo en ellas que nos encanta! Un histrionismo candoroso, si quieren. Una manera de sublimar la ficción del despotismo que, como se suele decir, se roba la fiesta. ¡Toda fiesta!
El déficit de dictaduras sería calamitoso en términos estéticos. ¡Piénsenlo! Solo nos quedaría el cine y votar en las taquillas de las salas que lo muestran. Pero una dictadura, un Amin caníbal, las turbas que en La Habana acosan a los inocentes (véanlas en estado puro y fijo aquí [2] o aquí [3]), el travesti libio y los payasitos que lo jalean, Castro I vestido de ADIDAS…
No se trata del «fascinante fascismo» [4] que acuñó Susan Sontag, aquel horror bien planchado. Estas otras dictaduras son las del desparpajo, la pose clownesca, el ridículo más espantoso… Sin ellas, ¿cómo juntaríamos en un mismo gesto dos pulsiones tan rotundamente redentoras como la risa y el odio?
Estas dictapuras, dictaduras en estado de pureza y estertor final. ¡Mira que son monas, tú!