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Dictadores, frágiles animalitos…

Oh, delicias que se me deshacen en la lengua de la retina…

Laurent Gbagbo, su corpulencia que guapeaba hasta hace unas horas [1]… ¡Cómo reía ante las cámaras el hijoputa! ¡Cómo se ufanaba vestido con los yo controlo y los yo soy quien manda aquí! Dos trajes hechos a medida del déspota por legión de salvajes sastrecillos que reciben buena paga y codician otra aún mayor…

Y esta tarde de repente, ay, Laurent Gbagbo se convierte en un tipo con camisa abierta y camiseta sudada que intenta aprender a sonreír ante las lentes que registran su derrota.

Una cosa es derribar una estatua y otra bien distinta cogerlos así desaliñados, confusos, ensayando nuevas caras.

Abandonadas las vestiduras del despotismo en favor, nada favorecedor, de esta suerte de uniforme del malogrado. Como un tipo que despierta en habitación de hotel que no ha pagado y de la que vienen a desalojarlo.

¡Y con el miedo de que el teleobjetivo de las cámaras dé pronto paso a los cañones de esos fusiles automáticos tan condenadamente precisos! ¡Tan endiabladamente bocones y a quién importa a esta hora si también justicieros! Porque, bien pensado, si lo hiciera alguien, de este Gbagbo se podría decir alfa u omega y valdrían las tres [2]. Y ninguna es letra que sirva al alfabeto de África. Menos a su analfabeto.

Pero la seducción, oigan. Qué vuelva Baudrillard a explicarnos lo que nos sirven los camareros [3] sobre la mesa de Youtube.

¡Click! ¡Pum!

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