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Aceite de (Pedro Pablo) Oliva

Leo manifiesto circulado hoy por un pintor y promotor cultural cubano, a quien desposeyeron de repente de su condición de delegado a la Asamblea Provincial del Poder Popular de Pinar del Río —hacía más que pintar y promover, por lo visto— y de una institución que llevaba su nombre en la misma urbe [1].

Pedro Pérez Oliva es su nombre y lo conocía como mañoso dibujante [2] y poco más, porque no sigo el día a día —ni siquiera el lustro a lustro— de la pintura pinareña —bueno, y tampoco sigo el década a década de la castrista reunión de unánimes votantes en la Asamblea de esa provincia menguante.

Leo, y confieso que el tipo me da más pena que curiosidad, aunque algo también de la segunda. Dice que le gustan su país y sus árboles llenos de flores y que también le gusta especular sobre la actualidad nacional. Bien, me digo. Eso es un guajiro y yo por los guajiros siento una veneración que tiene asiento nombre a nombre en mi árbol genealógico. Leo que le parece bien que lo expulsaran de la Asamblea de marras —¿tan habituado estaba a las votaciones unánimes de la Asamblea a la que pertenecía que también dio su voto cuando lo siquitrillaron?— y que tomó la decisión de cerrar la Fundación que llevaba su nombre cuando se lo impusieron. ¡Un ciudadano modélico!, me digo. Más: ¡un artista ejemplar! ¡Un cubano uneacista arquetípico! Ya Miguel Barnet le estará enviando cachorrito de chihuahua con lazos y cintas, me sopla Bruno.

Leo más y recomiendo lo hagan también ustedes. Dice, por ejemplo, el buen siquitrillado:

Este hombre (dice de sí mismo) al que hoy le han colocado el traje de “disidente” o “contrarrevolucionario” no tiene ninguna intención de partir de este país. Esta tierra nos pertenece a todos por un derecho que no lo otorga un partido. Creo que fidelidad a la Patria no es fidelidad a un partido. Un partido es una propuesta social, y la Patria guarda en sí el pensamiento y el corazón de todos.

Lo de «corazón de todos» me sobresaltó con su diástole, pero no paré de leer:

Seguiré soñando con un país mejor, derecho que tengo como ser humano. Aquí me quedo, esta es mi tierra y mi gente. Los conflictos del país, económicos, espirituales y políticos, tendrán que ser resueltos por nosotros los cubanos. Los que vivimos dentro y fuera, con nadie más.

Enternecedor, n’est-ce pas ? De ahí a «La Patria es de Todos» [3] no hay más que un paso. Un pasito de nada.

Pero fíjate tú que a novelita tan promisoria le llega un final, una conclusión que es todo promesa de vernissage, todo oleaginoso aquí-no-ha-pasado-nada:

Duermo hoy tranquilo, mañana volveré a coger mis pinceles.

Bien, ¿a qué engañarnos? Muy probablemente, yo también dormiré hoy «tranquilo». Zzzz…

Apenas podrá sobresaltarme, si acaso, el recuerdo de que a otro cubano, a este Oliva, los hermanos Castro lo mandaron a dormir tranquilo y él se fue a llorar la humillación en su pinareña almohada, mientras nos cuenta sus sueños, los que dormirá sin ver cumplidos. Zzzz…

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