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Esperando a los bárbaros

Hoy comenzó el verano. Una estación de mierda en la latitud donde vivo. El calor será poco menos que insoportable. Las facturas que me pasará la compañía eléctrica por el uso del aire acondicionado serán extorsión pura, cuando el resto del año son extorsión disimulada aunque apenas menos onerosa.

Esta ciudad se llenará de turistas, entre los que me molestan especialmente los apestosos ingleses y los detestables italianos. Los turistas de ambas naciones dicen más de la decadencia de Occidente que cualquier tratado de Spengler en adelante. La miseria griega le pone la tapa al pomo.

En la calle donde vivo hay una plácida y enorme residencia de estudiantes que se convierte cada verano en albergue de la gentuza más abyecta del continente. Compran alcohol a mi estimado Visham, el tendero indio que tengo en la esquina, tipo fino, aunque regordete, que les sonríe con desprecio primorosamente disimulado. Beben en las aceras, porque la residencia de marras les prohíbe hacerlo en el interior y vomitan y mean a placer, antes de regresar a sus bonitas universidades.

Yo paso los veranos aquí, uno tras otro, por razones que no vienen al caso. También lo haré este año y como en todos lo haré lamentando que no se nos permita a los barceloneses pegarle algunos tiros a esos ridículos bárbaros. ¡Me complacería tanto cargarme a un par en julio y a otros tres en agosto, por lo menos! Mandar a unas pocas de esas bestias a criar malvas.

¡Bah! Pero también eso nos está vedado. Habrá que consolarse, como cada año, viendo desfilar a los ejemplares femeninos de esa inundación. Observar a las bárbaras y después, tras la siesta, comentar con el bueno de Visham qué tal la calidad de la carne de esta añada. Que vaya magro consuelo estival.

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