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Atravesamos la ciudad vacía…

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Maullidos de Rusia
Por Jorge Ferrer

Atravesamos la ciudad vacía a una velocidad de vértigo de camino al hotel. He dormido poco en el avión y apenas atino a distinguir si estoy efectivamente en Moscú o en Brighton Beach, Brooklyn, moviéndome por ese paisaje de vallas publicitarias que venden lofts, sofás de piel a precio de saldo y viajes a Malasia con mensajes escritos en cirílico y tonos chillones.

El amable taxista, a quien ya dejé saber que soy extranjero fluido en lengua rusa, me señala un espigado edificio en construcción. Sus últimas seis o siete plantas no han sido revestidas de paneles de hormigón y por ellas corre el aire viciado de la ciudad. «Lleva mucho tiempo así», me informa: «Construyeron más plantas de las permitidas y ahora no saben cómo eliminar las sobrantes ni a quién sobornar para mantenerlas y vender los apartamentos», abunda con un guiño.

La graciosa pifia y las opciones para salir de ella -un alarde ingenieril o el hallazgo de las manos que untar en una ciudad que cambió de alcalde recientemente- no definen con plena justicia el estado de la Rusia postcomunista a fecha del verano del 2011, pero sirven para acercarse a esa mezcla de solidez del gobierno e incertidumbre ciudadana que uno encuentra aquí a cada paso.

Rusia ha sido siempre una máquina enorme cuyos engranajes piden aceite. Y el Moscú que experimenta hoy a medias hartazgo y orgullo mayúsculos veinte años después de haberse despedido de la marca URSS -aquella CCCP que asociamos en Occidente a los astronautas o a los deportistas soviéticos en los Juegos Olímpicos- es una ciudad que divide a los pesimistas y los optimistas en partes desiguales que, en mi experiencia, da ventaja a los segundos pero encuentra mejor argumentación en los primeros.

Las fotos de la bicefalia que gobierna el país, Dmitri Medvedev y Vladimir Putin, y la indefinición sobre quién se presentará a las elecciones del año próximo despiertan una preocupación que rebasa el mero interés por las conjuras y componendas palaciegas. El rostro y el discurso modernos de Medvedev, su diáfana apuesta en favor de una economía más desestatizada y una sociedad más abierta contrastan con los aires restauracionistas que encarna Putin. Hay mucho más en esa dupla que la mera estrategia de enfrentar a Occidente desde la ventajista dialéctica del policía bueno y el malo. Detrás de Putin y Medvedev hay una masa social que facilitará que cualquiera de los dos continúe llevando las riendas del país, pero hay también una sociedad dividida entre el clamor por la modernización del sistema político y la dinamización de la economía, por un lado, y, por otro, el temor a que se desdibuje el perfil de una Rusia que desde un nacionalismo tan feroz como inseguro se niega a ser desplazada hacia la periferia de la arena internacional.

Con todo, pocos discuten que el camino de Rusia para poner a brillar la letra «R» en el acrónimo BRIC acuñado por Goldman Sachs —Brasil, Rusia, India y China—, el conjunto de las potencias llamadas a dominar los flujos de la economía mundial hacia mediados de este siglo, pasa por abandonar la pulsión agónica en sus relaciones con los EEUU y Europa, a la vez que por la definitiva construcción de una democracia con letra inicial mayúscula. En definitiva, cultivar la transparencia -glasnost, ¿les suena?- tanto hacia afuera como dentro.

Pero por ahora nos pasa con esa Rusia lo que con el gato de Schrödinger: escondido en la caja de sus vicios geopolíticos, nunca sabemos con certeza si el democrático gato está vivo o está muerto.

El artículo «Maullidos de Rusia», de Jorge Ferrer, aparece en la edición del 8/7/2011 de el diario El Nuevo Herald [2].

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