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Esa Habana cuyo paisaje cambia

Leo que el gobierno de Cuba busca poner orden en el paisaje de timbiriches en que se ha convertido la mutante Habana [1]. Lógico, me digo. Y bien pensado, que no es cosa de reconvertir de nuevo La Habana desde la desidia. De estropear esa ciudad reducida con saña y eficacia rotundas a ruinas de ensueño permitiendo que cualquier vendedor de fosforeras, discos de timba o home-made tangas se apodere como le venga en gana de los espacios entre las columnas que maravillaron a tantos. Mímense las ruinas buscadas por las lentes de tantos turistas que acuden al parque temático del castrismo.

La Habana de la segunda mitad de la década de los noventa ya padeció una primera mutación. Se enrejó como nunca antes. Cada portal una jaula, parecía ser la consigna ciudadana. Se centroamericanizó a marchas forzadas y los soldadores fueron por un lustro y pico los reyes de esa ciudad de soldados. Todavía medran, que sigue habiendo mucho que enrejar.

Ahora, rótulo aquí, mostrador allá, los «nuevos cubanos», nada que ver con el «hombre nuevo», están modificando el paisaje de la ciudad. ¡Cuánto desconcierto el de esos díscolos cuentapropistas! ¡Cuánto exhibicionista descaro!

Conocemos el viejo tópico manoseado por geógrafos, historiadores de la cultura, urbanistas y esa suerte de profesión mística que es la de los ecologistas: el hombre transforma el paisaje.

Es otra la cuestión que ha de interesarnos a propósito de La Habana que muta: ese paisaje que transforman los hombres, ¿será capaz de transformarlos también a ellos mismos?

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