La entrevista a Nafissatou Diallo en Newsweek [1]. Ya era hora de que hablara y dijera su verdad. Que es, en lo que a este caso respecta, la única verosímil.
Toda la cantaleta francesa acerca de un Dominique Strauss-Kahn, probo socialista a quien le tendieron una trampa con el propósito de macular su intachable efigie socialdemócrata, no tiene más fundamento que la hipertrofiada idea que algunos franceses tienen de sí mismos. Solo a psicología tan adulterada por los rescoldos de la pasada grandeur como la del francés medio se le puede ocurrir que una camarera de hotel cayera en los brazos del elegante y triunfador francés, encantada de haberlo conocido y feliz de gozar de la suerte de meterse en la boca su francés miembro viril.
Masticar otra versión es demasiado para muchos franceses. Un socialista francés, un hombre de mundo, un mujeriego, sí, pero con estilo de Alain Delon… Cada vez que escucho / leo esas idioteces invoco al Dr. Guillotin.
¿Saben de qué elegancia se trata cuando hablamos de Strauss-Kahn? De la misma de la que se ufanaba un médico que miraba el trasero a una enfermera en la estupenda Machete [2], de Robert Rodríguez. ¿Recuerdan la escena? Una espectacular enfermera se inclina sobre un paciente, y la corta falda deja ver los muslos, el comienzo de las nalgas, la vulva cubierta por el tanga. Un paisaje de ensueño en el que clava los ojos el médico apostado detrás de ella. Sin darse la vuelta, la enfermera le dice (cito de memoria):
—Doctor, siento que su mirada se me está clavando en el útero.
A lo que el doctor responde:
—He ahí la prueba suprema de que soy un caballero. Si no lo fuera, la tendrías clavada en el colon.
Esa es exactamente la condición de «caballero» de Dominique Strauss-Kahn. En su caso adornada además por la violencia ejercida sobre una mujer que creyó indefensa. Y que probablemente lo sea, a fin de cuentas.