Esta tarde aquí, amanecer en La Habana, dediqué horita y poco al acto de celebración de ya ni me acuerdo cuál aniversario del asalto al Cuartel Moncada. Un acto político-cultural, ya saben. Lo cultural: poemita declamado con lágrimas en los ojos; orquestica para himnos; y unos falsos guajiros repasando tópicos de la música campesina con enojoso mal gusto. Lo político: carta de Hugo Chávez y par de discursos. Del principal, es un decir, se ocupó Machado Ventura. Castro II no habló a micrófono aunque ejerció su habitual campechanía —una forma «simpática» del despotismo— en el hors d’oeuvre, estrechando manos, dejándose palmear los hombros, sonriendo con distancia, halagando (poco) y dejándose halagar (mucho).
Me pareció un acto magnífico porque ejemplificó como ningún otro el divorcio absoluto entre la realidad del país y el teatro del que participan quienes lo gobiernan y los gobernados. Ni unos ni otros dicen lo que quieren en una suerte de pacto entre masa y élite que es propia de regímenes cuya legitimidad pende de un hilo. Y su futuro de una hebra del hilo de marras.
Les faltó poner al fondo del escenario, en lugar de las caritas —y eso digo porque no sé cómo manejarme con el diminutivo de «jeta»— de Martí, José y Castro, Fidel , un mensaje en clave.
A falta de tal, yo creí leer un axioma de la física que parece adecuado también a la política del ocaso del castrismo. Los lectores de Minimal Bildung [1], de su índice siquiera, saben cuán grato me resulta: «La inercia es la propiedad que tienen los cuerpos de conservar su velocidad si no hay interacción.»