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Memoria del 11 de septiembre

Nunca vi en pie las dos torres del World Trade Center.

El 11 de septiembre de 2001 almorcé en Qu & Qu, un restaurante del Paseo de Gràcia tocando a la Gran Vía. Desde allí subí con Eva y el amigo con el que habíamos comido hasta la heladería de Häagen-Dasz en Rambla de Catalunya. Tomamos los postres. Era un delicioso día de verano en Barcelona. No recuerdo de qué hablamos. No lo recuerdo en absoluto.

Terminados los helados, me aposté en una esquina en busca de un taxi. De repente un amigo al que no veía desde hacía largos meses, tal vez año y algo, detuvo su coche delante de nosotros. No hubo tiempo para alegrarnos del encuentro. O no era tiempo para eso. «Dos aviones se acaban de estrellar contra las torres del World Trade Center», nos dijo.

Fue el primer aviso, todavía ciego.

En el taxi, un locutor de radio describía las imágenes que nosotros aún no podíamos ver. Las de los dos colosos en llamas, que habría dicho antes un guionista de Hollywood. «Seguro son dos helicópteros, que Nueva York está llena de helicópteros», aventuró el taxista.

Tardamos unos siete minutos en llegar hasta Valencia, esquina a Marina, donde vivía entonces. No creo haya imagen que se grabara jamás en mi mente como la que me mostró el televisor hacia el que me abalancé sin cerrar la puerta detrás de mí. Me fui a la cama unas diez horas después con los ojos ardiendo.

En los primeros días de noviembre de 2001, a menos de dos meses del suceso que dio inicio al siglo, viajé por primera vez a los Estados Unidos. Cumplidos mis compromisos con la Feria del Libro de Miami, tomé un avión a Nueva York.

Llegué tarde en la noche. A la mañana siguiente me llevaron a ver el espacio vacío que las torres ocupaban apenas dos meses antes.

A lo largo de estos años he evocado siempre aquel ataque brutal contra Occidente según la cronología que acabo de describir. Los dulces placeres de un día «normal» en nuestras vidas antes del 11/S, la absoluta estupefacción de las diez horas pasadas ante el televisor y la imagen del espacio vacío de la Zona Cero en una ciudad, un mundo, que todavía olía a cenizas, a polvo, a desolación.

Diez años más tarde, años de guerras, de masacres islamistas, de trasiego con las encontradas nociones de libertad y seguridad y de colapso económico, «vacío» es el nombre. La década del vacío. O del vaciado, mejor.

¡Pero arriba esos ánimos! ¡Piensen que en el verano del año catorce del siglo XX estábamos empleados en la Gran Guerra, mientras que ahora ya hemos bailado sobre el cadáver de Osama, ahorcamos a Saddam, tenemos a Gaddafi a punto de caramelo y vivimos entretenidos en «salvar a Grecia»!

Así de gaya es esta que llamamos, cada vez con menos alegría, civilización grecolatina.

[1]

De contra:

En la memoria. [2]

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ACTUALIZACIÓN:

Una lectora me envía esta imagen generada por Wordle [3] con los nombres de las víctimas según su frecuencia en el luctuoso listado que enlacé arriba.

¡Gracias!

Bendita sea la memoria de las víctimas, sean mayoritarios Michael o Joseph, o sean esas esquinadas Linda y Mary [4].

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